A DOS TAZAS DE CAFÉ DE DISTANCIA
Lunes. Siete de la mañana. La ciudad empezaba a hundirse en el caos. El tráfico atocigante, el ruido urbano, la diáspora social, las disonancias climáticas y las calamidades humanas eran simples piezas de ajedrez moviéndose sobre el tablero antagónico de la vida. Las calles eran un hervidero maloliente y violento que traían consigo zozobra menos sosiego. Almas por doquier, yendo y viniendo en piloto automático, sin razonamientos previos, sin consciencias claras, sin respuestas coherentes sobre qué ocurriría con el resto de sus vidas aquel día o los que estuvieran por venir.
Mirar el mundo exterior a través del cristal de la panorámica de aquel café frente a la estación del metro, a dos calles del Capitolio, no era un privilegio para nadie, como no lo era para Leticia quien sólo revolvía el cappuccino que le habían traído hacía poco más de un minuto mientras su mente estaba en otro lugar lejos de allí. Recordaba. Recordaba su niñez en casa de sus padres, aquellos días inolvidables basados en inocencia, en vida campestre y en esa paz que no se encuentra en muchos lugares. Recordaba. Recordaba los días de escuela que la llevaron a la universidad, a su primer empleo y a lo que vino después. Recordaba. Recordaba el número de veces que se enamoró, que fue el mismo número de veces que terminó con el corazón roto. Recordaba. Recordaba que sus amigos se contaban con unos cuantos dedos de una de sus manos, que nadie la esperaba en casa, que no tenía a nadie con quien hablar y menos quien le preguntara cómo le había ido, o si ya había comido o si quería ir al cine o al teatro o si sólo prefería quedarse a ver algún programa en la tele con un buen tarro de helado de mantecado con ron con pasas.
Le berceau de l'espresso estaba a reventar aquella mañana. Las campanillas del móvil en la puerta no dejaban de agitarse y sonar. Hombres y mujeres entraban y salían rápidamente con sus envases de café en mano para llevar. Sólo unos cuantos llenaban las mesas: aquellos que se quedaban para leer el periódico en medio de un bocadillo de pan tostado con jamón y queso fundido junto a una taza de café solo que seduce con su aroma y sabor; y aquellos que entre tertulias y soledades disfrutaban en minúsculos sorbos de un con leche que sensibiliza los recuerdos más particulares, o de un manchado con leche espumosa o chocolate o crema batida que atrae a fieles, seguidores, fanáticos y entusiastas románticos.
A medida que los minutos pasaban, Leticia ya había bebido el fondo de un segundo cappuccino. Ese imperativo momento de placer siempre la llevaba a echar una mirada a su alrededor. Tras este acto, intentaba pensar sobre cuántos de aquellos seres humanos habían hecho algo por sus vidas, si eran felices o si sólo eran un puñado de cuerpos vacíos y desdichados como ella. Por supuesto que eso era difícil saberlo porque nadie conoce las miserias de nadie sino quien las vive y las padece en su propia carne.
Leticia era una exitosa abogada en una exitosa firma. Sus treinta y cinco años la hacían ver estupenda. Era una mujer hermosa, brillante e incisiva, el tipo de mujer que conocía la balanza del bien y del mal, la distancia entre la santidad y el pecado, tanto que sabía cuándo alguien decía la verdad o cuándo alguien más intentaba estúpidamente llenarla de mentiras; y es que, desde el punto de vista de su oficio o su ética, o se miente por una buena razón o se miente porque se cree que los demás son una manada de idiotas. Sí, ella era intolerante a la mentira, como se es intolerante a la lactosa, pero como abogada había tenido que aprender a lidiar y convivir con cada gramo de engaño o artimaña o subterfugio, incluso ella misma había tenido que mentir alguna vez por cuestiones de sobrevivencia. «Pero, ¿acaso se le puede mentir o engañar a la muerte?», se preguntó ella alguna vez. Pues, eso por supuesto era otro asunto.
Un mes antes, en medio de un juicio y de modo inesperado, la abogada perdió el conocimiento. Cuando despertó se dio cuenta que estaba en la cama de un cuarto de hospital con una aguja que le suministraba alguna sustancia en el brazo. Su asistente, otro abogado de la firma, la acompañaba. Inmediatamente éste la puso al tanto de lo ocurrido. Le dijo que no supo a quien llamar y que sólo se esperaba por los exámenes de laboratorio. Justo cuando intentó incorporarse apareció el doctor que la trataba. La examinó una vez más, le tomó la tensión, le exploró la profundidad de sus ojos avellana y le preguntó cómo se sentía; ella le respondió que estaba bien. Luego de su respuesta preguntó sobre su estado de salud desde el punto de vista médico; el doctor sin esperar una segunda vez la miró a los ojos y se lo soltó: «tiene leucemia».
Leucemia. Hubiera preferido no haber escuchado aquel diagnóstico jamás. Aún no podía creerse que cargara con tal enfermedad en su cuerpo, en su sangre, en su sistema, si se veía saludable, si se alimentaba bien, si se ejercitaba a diario y parecía tener mucha vida por delante. ¿Qué había hecho mal para merecer tal castigo? No lo sabía. Nunca pensó en la muerte como una opción, menos a esas alturas de su vida. Sabía que algún día debía morir, claro que sí, pero no sabía que sería tan pronto. Le dieron esperanzas pero no se ilusionó. Lloró. Lloró desconsoladamente en su departamento durante las dos primeras semanas despues de la noticia, hasta que algo dentro de ella implosionó.
Ahora le tocaba elegir entre echarse a morir o vivir intensamente el tiempo que le quedara, fuera mucho o poco; un gran dilema para ella o para cualquiera en su situación. Así que un día despertó con todos los ánimos recargados, con todas las ganas de vivir y ser feliz, de vivir y soñar, de vivir y volar, de vivir y amar. Buscaría la manera de burlarse de la muerte antes de que ésta se burlara de ella.
Sin perder tiempo, buscó lápiz y papel. Escribió un plan, un plan de cosas que nunca hizo y que ahora quería agregar a su corta vida, entre ellas ir a los lugares a los que nunca fue, leer los libros que nunca leyó, escuchar la música que nunca escuchó y las canciones a las que menos prestó atención; también se planteó hacerse un nuevo corte de cabello, alejarse de la sensatez para cometer alguna locura, mirarse al espejo y reírse de sus muecas y de sí misma, saludar a gente que no conociera, comer algo que jamás hubiera comido, bañarse bajo la lluvia, aprender algún idioma, preparar una cena e invitar a sus vecinos con los que apenas cruzaba palabra y enamorarse, enamorarse de la primera mirada verdadera, del primer beso verdadero, del primer amor verdadero.
La cafetería había quedado casi vacía. Las campanillas volvían a dar aviso de que alguien entraba o salía del establecimiento. Leticia, desde un punto ciego, miraba aún a través del ventanal. Alguien se le acercó por atrás y le preguntó si deseaba otra taza de café. Ella volteó, miró al sujeto y sonrió. Se puso de pie, se paró frente a él, lo miró a los ojos y le plantó el beso más dulce y romántico que sólo una mujer enamorada podía dar. Se sentaron, y allí estaba, a dos tazas de café de distancia del amor verdadero. Y ella vivió aquella escena, una y otra vez, durante los últimos seis mejores meses de su vida.
Moraleja: La vida es como una flor, como una gota de rocío, como una taza de café; dura lo que tiene que durar.