Parte 1
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Pudo haber sido cualquier apacible domingo, en cualquier lugar.
Indubitablemente siempre era el mismo camino lleno de guijarros, para llegar a esa vieja casa conocida, unos cuantos pasos y estaría frente a la puerta de madera pintada de blanco, que se erguía frente a mis narices, predispuesta. Los peldaños rancios vociferaban gruñidos evidenciando la dirección de mis pisadas, sobre el descolorido tapete de fibra de coco descansaba aun fresco el diario matutino, intacto, nadie había salido de la casa o acercado lo suficiente a ella excepto yo, puesto que no estaría allí. “No es un amante quien no ama para siempre” -Eurípides- así daba inicio el encabezado de 1984 aquella apacible mañana, sin tragedias o historias perturbadoras que contar.
A mi llegada el viento otoñal resoplo gélido haciendo titiritar un colgante de campanillas en el pórtico de la entrada, un escalofrío recorrió mi espalda, devolviéndome a la realidad, no podía quedarme ahí mirando toda la tarde la pintura cuarteada de la puerta, sin llamar.
Una vez y otra vez golpee con ahínco... pero nada sucedía, una vez y otra vez lo volví a intentar, definitivamente era el lugar, pero quizá no el momento, ni la hora, quizá llegue antes o eso creía, di media vuelta dispuesto a marcharme;
- ¡ya voy! - Una lejana voz emparentada y meliflua respondió desde dentro, vire y en breve se abrió la puerta, mis ojos se iluminaron, ahí estaba ella, tierna pero determinada, tan vulnerable, pero a la vez casi inexpugnable, con una cálida sonrisa como la del sol risueño de verano.
- Margaret... -
- Te esperaba, pero aun así me sorprendiste - interrumpió sin darme oportunidad siquiera de darle un beso en la mejilla o al menos estrechar su mano.
- Bueno yo... - repuse con voz trémula.
- Aún no estoy lista, ponte cómodo cariño iré a ponerme linda. – remato y dio media vuelta.
Seguí sus pasos hasta donde pude o quizá hasta donde me lo permitió, subió las escaleras apresuradamente hasta que se disolvió en el otro piso y más de ella no pude ver.
El habitual aliento a madera añejada que exhalaba la casa parecía darme la bienvenida, no sé exactamente cuánto habría pasado desde mi última vez ahí. No era necesario quitarme el abrigo y colgarlo en el perchero, pues ya se encontraba ahí. Una fina cortina de polvo cubría los retratos familiares que colgaban de los muros o adornaban algún mueble del living, grandes y pequeños todos por igual, todos por doquier, hijos, nietos, había uno en especial que sobresalía justo al centro de la estancia, posaba sobre un muro visible desde cualquier ángulo de donde se mirase en la habitación, estaba ella algunos ayeres, con el rostro desbordante de jovialidad y su piel parecía de porcelana fina, llevaba un vestido blanco como nieve recién caída, exquisitamente bordado con flores, a su diestra un hombre alto, él usaba esmoquin negro, ambos repletos de felicidad, tanta que se derramaba por la comisura de sus labios, en el borde inferior izquierdo una leyenda que decía, verano de 1964.
Solo espero que haya valido la pena, solo espero que no te hayas arrepentido demasiado tarde ¡magui querida! - reí para mis adentros.
Tic tac, el golpeteo incesante del segundero en el reloj me hacía más consciente del tiempo, deambulaba sin propósito de aquí para allá, mis pies avanzaban sin sentido en la misma habitación aguardando ansiosos. Salvo el polvo en los retratos todo parecía ordenado y el piso limpio, el tic tac, volvió a bombardear mis pensamientos, cruce al estudio contiguo para dejar de escuchar ese irritante golpeteo.
Con libreros repletos y un escritorio de caoba exquisitamente labrado, ahí todo era más quieto, ahí hasta el reloj parecía tictaguear con sigilo y en voz baja, ver todo ese acervo literario, se me antojo recorrer con la punta de mi dedo el lomo de los libros dejando al azahar el que medio leería, la piel de algunos era áspera, añejada, de diversos colores matizados en un frio arcoíris de sobriedad, un amigo que espera platicar en silencio, una historia que aguarda ser desmenuzada por la mirada curiosa de un incauto desprevenido como yo, había tantos y no sabía cuál, ninguno parecía más interesante que el otro, seguí repasando con el dedo esperando encontrarme con la casualidad, sentí un relieve hendido entre tantas pieles diversas, me detuve ipso facto, sabía cuál era el afortunado de la tarde, de color sangría con letras doradas, “la señora de Mellyn” palpitaba en mis manos, como si la misma vida de tinta y papel renaciera impaciente, algo entre sus páginas se revolvió apenas empecé a hojearlo, pensé que había un separador entre sus hojas, retazos de periódicos brotaron desde las entrañas de la señora de Mellyn, ¡pero que sorpresa!, ¿qué es esto? Me cuestione mirando a mis pies recortes decolorados y roídos por el tiempo, quien sabe cuánto tiempo habrán estado ahí; - crisis en los cielos por avionazo 13 de octubre de 1971, cierran aeropuerto por mal clima, Boeing 447 desaparece en tormenta, crisis en los cielos por avionazo, 120 desaparecidos en accidente aéreo,- parecería un rompecabezas de alguna investigación policiaca, - menudo pasatiempo el tuyo magui - , masculle mientras levantaba los recortes, había uno más este decía, obituario, deslice una mirada indiscreta entre líneas, lista de pasajeros del Boeing 477: Amelia Brown, Helen Loraine, Nick Trevor, Thomas Andrew, Baltazar Williams, Dorothea Thompson, Leslie Montgomery, Robert Douglas... y la lista apenas comenzaba, quería leer pero estaba claro que noticias antañas no, y menos los obituarios. De pronto ya no me apetecía leer a la señora de Mellyn, y la abandone con sus entrañables secretos, donde la había tomado, decidí mejor escoger algo conocido, sin dejar a la suerte nada, Alicia en el país de las maravillas, algo infantil, ¡sí! pero pintaba un panorama más colorido, lo tome y Salí del estudio hacia el living, con un rechinido en el piso de madera a cada paso que daba, el fulgor de la tarde bronceada acuchillaba la sala en juego de luz y sombra, mayormente luz, verdes helechos colgaban de las esquinas de la habitación, figurillas de porcelana decoraban las repisas; al centro la chimenea ahumada por el fuego y con residuos de escoria aún de la última vez que fue usada, en verdad era una casa acogedora, el lugar idóneo para abandonarse en la lectura un buen rato, quizá hasta que las persianas de los ojos caigan con el peso del mundo onírico a un parpadeo de distancia.