Luces de neón resplandecen a lo lejos, saturando los alrededores de Plutón; en conjunto, Júpiter brilla con hermosas iluminaciones boreales. La sonda espacial aterriza inminentemente sobre el vacío espacial. Sputnik, ha de llamarse. Dentro de él, un grisáceo traje espacial con un humano dentro. Las emociones al natural; el miedo, la curiosidad, la ansiedad. A media Unidad Astronómica de distancia, el encuentro entre del humano y la basta existencia de la nada es un absurdo.
Ondas luminiscentes provenientes de varias direcciones ─quásars─ nublan la vista de nuestro querido astronauta. El hambre de querer saber los secretos del universo carcome todo su cuerpo espectral. La vista está de vuelta. Cometas fugaces se estrellan entre sí a su alrededor. Medusas cósmicas vuelan a su lado. ¿En qué momento el Sputnik dejó de ser su lugar de estar? ¿en qué momento el espacio exterior estaba abierto enfrente de sí?
Magia espacial aparente. Las ondas sonoras de los cometas chocando... «¿qué? ¿ondas sonoras? momento, algo aquí es aun más extraño que estar en la nave y de la nada estuviese en el espacio» piensa. Analiza por un instante. Sonido. No hay sonido en el espacio. Es la regla más esencial que te enseñan en la academia de formación espacial. El conjunto de pulsaciones en el pecho se va haciendo menos intermitente. Más seguido. Todo está sucediendo muy rápido. A su alrededor, el universo se convierte color naranja. Explosiones. Explosiones. Explosiones. Alguien habla, él escucha. «¿E... en...?» no entiende nada. ¿Quién habla? ¿un Dios? ¿será? ¿realmente existe alguno? Las explosiones continúan. Todo es confuso. Él está en el medio de todo, aunque, al mismo tiempo parece tener un asiento de primera fila para contemplar absorto la lluvia de colores fulgurantes desde afuera, como si fuese un observador lejano/cercano del espectáculo. No se quema, no explota. Disfruta. Ya no hay preguntas, ya no piensa. Solo siente. Luego... oscuridad.
Las nubes celestes se arremolinan alrededor de la fragancia misma del desierto hábitat sideral. El astronauta navega en las olas de las corrientes galácticas, dejándose llevar a los más profundos rincones de su ser y del universo. No se había dado cuenta de su tamaño. ES TAN GRANDE COMO LA LUNA. Toca los planetas con sus dedos. Ya nada tiene sentido en este punto. Y no le importa. Hay filarmonía rugiendo en todo el espacio, él se siente imponente.
«No hay manera de que esto no sea un sueño» pero se equivoca.
No es un sueño. Fue elegido como cómplice especial de una clase de medicina astronómica para sentirse aliviado de vivir. Experimenta la sensación de ser el dueño del cosmos. «Wow, creo que el Dios que escuché ese rato era mi propia voz. Soy el dueño de todo». Ya es totalmente incoherente las acciones del cosmonauta. Cada vez es más raro la transición espacio/tiempo/realidad que ocurre en su no momento onírico. La dimensión distorsionada de sonidos burlescos armoniosos y la increíble visibilidad de la fuerza gravitatoria lo empujan a crear un complejo de Dios en su personalidad, haciendo de su primera tarea una no tan laboriosa supresión del ente lunar. Sin embargo, creo que todo está terminando. Sí, lo está.