Donde la brisa se desvanece en susurros, donde titilan las estrellas con melancolía, allí, en el umbral de la eternidad, tiempo-espacio, yace el mundo.
Del viejo escritor, se escapan suspiros cansados, pero aún recuerda que los ríos murmuran secretos ancestrales y que los bosques, con hojas marchitas, susurran líricas al cielo que se desvanece como él.
Las aves beduinas, agotadas de su vuelo, dejan huellas en el aire, como notas musicales, y los océanos, lloran historias olvidadas.
En los últimos momentos, él exhala, suspirando por un amor perdido, por quienes deja atrás en este mundo, por sueños que no cumplió y esperanzas esfumadas, mientras el sol se desliza en el horizonte.
Los últimos suspiros del escritor son un eco, una triste melodía que se suprime en la brisa, pero en esa silenciosa despedida, hay belleza, una promesa de renacer en sus obras.
Así, en el crepúsculo final, el sol muere tras el horizonte, pintando el cielo de muchos tonos dorados y anaranjados. Y en la pequeña habitación, de paredes desconchadas, suspira el anciano que yacía en la cama. Su piel arrugada, como un mapa antiguo, refleja los años que ha vivido. El reloj de la mesilla parecía marcar lentamente los últimos minutos de su existencia. El aire cargado de recuerdos y secretos. Y afuera, el mundo seguía moviéndose deprisa, ajeno a su inminente partida. ¿Qué significaba su vida en el vasto cosmos? ¿Importaba? El anciano cerró los ojos lentamente por un momento y dejó que los pensamientos fluyeran como un río manso.
Los sonidos de la ciudad llegaban amortiguados: el murmullo de los coches, las risas de los niños o el piar de los pájaros en el parque cercano. Pero el escritor estaba en otra parte. Recordaba su juventud, cuando las calles eran de tierra y más anchas, cuando los sueños parecían alcanzables. Cuando amó a una bella dama y la perdió, había reído y llorado. Ahora, todo aquello se reducía a un último suspiro.
De repente, la puerta hizo ruido y, al abrirse con cautela, su nieto Shane entró en la habitación. Tenía los ojos exageradamente hinchados de tanto llorar, pero intentaba sonreír. Se sentó a su lado, cogiendo la mano del anciano. "Abuelo, ¿estás bien?".
El anciano asintió débilmente. "Es la hora, ¿entiendes?".
Shane asintió, sin palabras. Luego, el escritor entregó un bolígrafo de oro que había ganado en un concurso como mejor cuento universal a su nieto, y echó una última mirada a la fotografía en la pared de su esposa, con los ojos llenos de vida, y se preguntó si ella le estaría esperando en el otro lado.
De repente, el dolor en el pecho se intensificó, tanto que tuvo un ataque de tos y asma durante unos segundos. Entonces cerró los ojos y se dejó llevar por una fuerza que le atraía. El mundo para él empezó a evaporarse y solamente quedó la sensación de flotar. ¿Pensó que eso era la muerte? No había luces brillantes ni ángeles cantando, y su mujer tampoco lo esperaba. Únicamente había paz.
Y la voz de su nieto Shane resonó desde lejos. "Te quiero, abuelo, gracias por lo que hiciste por mí". En algún lugar, el sol seguía brillando con fuerza, las estrellas titilaban en la inmensidad del espacio, la luna iluminaba las noches sombrías. Pero para él, ya no había tiempo. El anciano suspira por última vez antes de sumirse en la nada y cierro los ojos, mientras que Shane, testigo efímero de su agonía, se aferra al cuerpo gastado de lo que fue y ya no será.