El rocío de la noche humedece los cristales.
Una estrella moribunda se desangra al deshojarse.
Los sentidos se adormecen con nostalgias estivales.
Quien tocaba la puerta, se ha ido, ya era tarde.
Una mano vacía ha quedado en el aire
aleteando en la nada, intentando aferrarse.
La garganta anudada, el pecho que arde...
Y el corazón es un barco, sin timón, sin velamen.
En la playa las huellas que dejó al alejarse...
En el mar un lucero que naufraga en la tarde...
¿A dónde van las quimeras cuando huyen las aves?
Quizás buscan abrigo donde no pueda hallarles.
Es la hora oscura, de tropeles y sables
de añejos dolores y heridas mortales.
Un abismo se cierne con su boca insaciable
y quiebra con furia el yelmo de un ángel.
Pero amanece...
y el alba resurge con las luces de antes.
La eternidad florece en un breve instante.
Una voz resucita evocando verdades
que un niño canta en las sombrías calles.
Araucano