Hace ya varios años, cuando iba en la primaria, era muy común que nos pidieran maquetas escolares para las materias que se cursaban, podría ser el sistema nervioso, el funcionamiento y partes del cerebro, hasta los ecosistemas. La manera o más bien dicho, las reglas para entregar los trabajos eran fáciles: hacer una maqueta bonita con figuras de plástico que casi casi parezcan copias. Entonces, como cada bimestre, en clase pedían una maqueta sobre el tema que estábamos viendo, que en ese momento eran los ecosistemas. Para ese entonces, era muy constante con mis tareas, así que en cuanto llegué a casa me puse a diseñar y hacer mi maqueta sobre el ecosistema terrestre, más precisamente sobre el desierto. Recuerdo que lo primero que pensé al llegar a casa fue: ¡Tengo que hacer algo único! Me llenaba de emoción pensar que estaba desarrollando toda mi creatividad en algo tan simple como una maqueta. No sé de donde ni como vino esa ide a mi mente, simplemente sentía la curiosidad de intentar algo diferente, algo así como “pensar fuera de la caja” (think outside the box). Las primeras ideas que se me vinieron a la cabeza fueron, en primera, cambiar el tipo de materiales que iba a utilizar para realizar la maqueta, en segunda, en reemplazar el comprar las figuras de plástico por unas hechas a mano y, claro, por mí. Recuerdo haber volteado hacía el mueble que se encontraba cerca de la sala de mi casa y pensar: ¿Qué tal si utilizo periódico para realizar esta maqueta? No lo pensé ni un segundo más, tomé los periódicos y me puse a hacer las formas de las figuras que adornan los desiertos, uno a uno lo fui haciendo y recortando, hasta que me encontré con el como iban a sostenerse, rápidamente pensé y vi que podía doblar la parte de abajo para que se pudieran mantener firmes. Así pase toda esa tarde haciendo la maqueta “más original” de la clase.
Al día siguiente me levanté y como cualquier día de clase, me preparé y desayuné lo de siempre para ir camino a la escuela primaria. Llegué como cualquier otro día a tomar mi asiento dentro del salón a esperar al profesor para que nos calificará las maquetas. Obvio yo estaba emocionada, no sabía que reacción tendría el profesor ante esta nueva manera de hacer una maqueta, sobre todo reciclada, ya que la había hecho de puro periódico sobre una cartulina gruesa como base. En fin, pasaron las horas, el maestro dio las primeras clases y justo antes del receso optó por calificar la maqueta. Pidió que hiciéramos una fila para calificarnos individualmente sobre su escritorio; tomé mi maqueta, me formé y esperé pacientemente a que me calificará. Pasó uno por uno hasta que llegué con mi maqueta de periódico. Cuando la vio el profesor yo creí que me diría algo diferente a lo que me dijo aquella vez: ¿Qué es esto? Cuando escuché eso, supe que no estaba bien la idea de haberlo hecho reciclado. Procedió a comentarme que si lo había hecho en la noche o se me había olvidado hacerla y que por eso había entregado esa calidad de maqueta. En ese entonces no entendía porque mi creatividad había sido menospreciada, mucho menos porque había llamado a mi mamá para quejarse sobre el trabajo que había entregado y mucho menos porque mi mamá no tenía la capacidad de ver que no sólo era un simple trabajo “mal hecho”, sino la creatividad en todo su esplendor siendo manifestada en trabajo escolar.
Años después, fui entendiendo que ser alguien creativo cuesta trabajo, porque genera miedo y la sensación de ser insuficiente, porque estamos acostumbrados a seguir parámetros o reglas que nos imponen para hacernos sentir seguros con cosas como: “está perfecto”, es decir, la validación de alguien más. En conclusión, a veces nuestras capacidades se ven comprometidas a muchos limitantes, pueden ser de cualquier tipo, incluso hasta morales, sin embargo; es bueno entrenar la creatividad y no dejarla de lado, sobre todo en los niños, que es cuando los prejuicios todavía no se han implantado en su aprendizaje, porque la creatividad está en todos lados, incluso en la belleza de las matemáticas o en la armonía de la música.