Nunca he conocido el amor de la forma en que la gente lo describe. No ese amor de películas donde todo empieza con una mirada y termina con promesas eternas. Lo más cercano que he tenido al amor son las ideas que otros me han contado… y el miedo que esas mismas historias me dejaron.
Crecí escuchando que el amor es bonito, pero también escuché lo otro, lo que casi nadie dice en voz alta: que las personas cambian, que las promesas se rompen, que a veces quien más te dice “siempre” es quien menos se queda. Y aunque no me haya pasado directamente, algo dentro de mí empezó a actuar como si ya lo hubiera vivido. Como si el corazón aprendiera a defenderse antes de sentir.
Por eso, cuando alguien se acerca demasiado, una parte de mí se alegra… pero otra se aleja sin que yo lo decida. Es como si tuviera dos versiones dentro: una que quiere creer, y otra que ya está cansada de imaginar finales felices que no llegan.
A veces pienso que el problema no es el amor, sino la idea que me construí de él. Una idea llena de escenarios perfectos que inevitablemente terminan rompiéndose. Entonces me pregunto si el amor real se parece en algo a eso, o si es algo más simple, más silencioso, menos dramático… algo que no necesita promesas grandes para existir.
Me da miedo confiar. No porque no quiera a alguien, sino porque no sé si sabría qué hacer si un día esa persona deja de ser lo que dijo que sería. Me da miedo acostumbrarme a alguien y luego tener que desaprender su ausencia. Me da miedo invertir emociones en algo que no tenga raíz.
Pero también hay momentos en los que ese miedo se queda callado. Momentos pequeños, casi invisibles, donde alguien sonríe de una forma honesta, o te escucha sin interrumpirte, o simplemente está presente sin exigir nada a cambio. En esos momentos pienso que tal vez el amor no es una gran historia… sino una suma de cosas simples que no asustan.
Y aunque diga que no he conocido el amor, quizás sí lo he rozado sin darme cuenta. En la forma en que alguien me hizo sentir en paz por unos minutos. En la conversación que me hizo olvidar el ruido del mundo. En la sensación rara de no tener que fingir.
Tal vez el amor no sea algo que llega de golpe, como en las películas que me dieron miedo. Tal vez es algo que se construye despacio, sin anuncios, sin finales escritos de antemano.
Y si algún día me atrevo a vivirlo, quiero que no se parezca a lo que temí durante tanto tiempo. Quiero que sea algo que no me obligue a estar en guardia. Algo donde no tenga que esperar la traición en la última escena… sino algo donde, por fin, pueda quedarme sin miedo a que todo desaparezca de repente.
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