Sobre la hierba, en la tarde, aprendiendo a ver el sol cuando se esconde, y te arrullo entre mis enredados deseos de que aprendas a quedarte; escribimos en las nubes que me amas y te amo, nos besamos a ciegas, y pegados nuestros cuerpos a las almas, no dejamos de mirarnos.
Sobre la hierba, embriagados de ternura, yo en tus sueños, tú en los míos, pones tu dedo en la boca de mis ganas de gritar que yo estoy loco; me aprieto a alguno de los cuentos bellos que habitan en ti, y dejo el miedo, destrozamos el silencio de lo que no queremos decir y mejor nos deleitamos.
Ahí, tirados en la hierba sin más techo que la inmensidad del cielo, acomodo mi vida casi gastada en momentos donde nadie más existe; y somos dueños de todo, porque todo es solamente nuestro amor, es por eso que algunas veces pensamos que si existe el amor para toda la vida.
En la hierba, viendo regresar la luna de su reposo y nos invaden las estrellas, entonces te presto mi hombro y me cobijas con tu pelo y es cuando se nos va el frío; cuantas cosas mágicas pasan cuando nos tiramos a vivir sobre la hierba, pero la mejor de todas es que tú, de ese momento nunca quieres escapar.
Y se rompe la costura del temor... Porque ahí, sin conversar, te vuelves mía.