Todo este tiempo con las esquirlas de la soledad y el pegamento de las miradas incestuosas a mi paso bailando el silencio, se agitan en el mordisco del viento, mientras apaciguan las hoscas, las lenguas grises, en el cenicero con su incinerar efímero.
En la mirada los bancos de la plaza aún con las siluetas cimientan el trazo húmedo en el respaldar de las heridas y la hojarasca pernocta, como un libro sin terminar, tejida de briznas crepusculares.
La muchedumbre vespertina, el tizne de la calidez - asoman el abrazo inesperado,viscoso trasluz de la hora cargada.
Naranjales pieles andan entre sumisas sombras acostumbradas a leerse desnudas, como si existieran a calco vírgenes y santos, en la ventana vulnerable – implora el quebranto citadino en ruego aromado.
Viste la tierra pomarrosa el limonero enramado cuelga el verdor cromado de silicio, y el chubasco afeita la tarde.
Las horas más precisas, la taza engrandecida por la espera sobre la mesa, con su humear de sueños y su bailarina inquietante se abre al frente.
Dos manos encogidas por los años se topan a su encuentro, ronda la envoltura adonde se podan árboles crecidos de ideas meditadas por el sarcófago inconsciente por la resistencia en buena medida, y la dosificación del temple implorando.
No en vano, el éxtasis del sabor en los labios y la lengua inducida camina aquella montaña de recogidos brezos sembrados a expensas del tiempo a la intemperie adónde no falta riego.
Y la saliva vaga entre sílabas entrabadas en su jardín frente a la solemnidad de una taza engrandecida y su liviandad busca el resguardo de otras horas.
Todo este tiempo con las esquirlas de la soledad y el pegamento de las miradas incestuosas a mi paso bailando el silencio.