Sé que has pronunciado mi nombre en las mañanas cuando acababan de nacer los días de la madrugada, cuando te despertabas con el sol filtrándose por la ventana, cuando sentías que el aire frío no quería huir de la noche llevando tus sueños despiertos, tus ruidos, tus visiones, tu pasado.
También sé que evocabas mi nombre en los atardeceres de soledad de abril, cuando los pájaros volaban a los árboles más altos para espiar con sus ojos directos el horizonte de la infinidad buscando tal vez presagios, formas de la devolución de tus sueños esquivos.
Sé que escribías mi nombre en la calle de paredes abandonadas cuando el corazón se detenía para mirar con ojos y cuando el aliento se agarraba del alma, escribías con mano de tiza para decirme que me buscabas.
En la piedra del río, en aquella roca solitaria que te acompañaba, en los días que te abandonaron en tu silencio como el mendigo arrojado al olvido. En aquel brazo delicado, en tu libro preferido, en todas las cosas que podías tocar y escribir, en todas partes escribías, mi nombre con obsesión...
Sé que pronunciabas mi nombre cuando el viento acariciaba la faz de tu rostro bañado de sol, cuando buscabas chocar con la soledad de los días vacíos, cuando los ojos parpadeaban por el desconcierto sintiendo la ausencia, el vacío, la profundidad de la nada.
Sé que evocabas mi nombre en las noches de viento conspirador, cuando escuchabas el silbido y la voz del pájaro queriendo oír tal vez en la resonancia de un lejano te quiero y con la mano tocabas el cielo para no sentir la irrealidad. Llamabas mi nombre, y no estaba.
Sé que escribías mi nombre en la arena gris de la playa del mar embravecido, en la arena del río con el mismo dedo con que señalabas el horizonte y que eran las olas que borraban con espuma enloquecida, ese nombre. ¿Acaso la arena, la espuma el, el agua, eran el tiempo efímero?
También se que evocabas mi nombre en las horas de lluvia tierna en la ciudad cuando mirabas por la ventana de vidrio desde el cuarto que encerraba tus secretos, con tu febril silencio de ruidos que el alma escuchaba cuando tus ojos, tu cara, tus cabellos, tus pensamientos reposaban en la quietud de la hora triste.
Sé que pronunciabas mi nombre varias veces en la oración que salía de tu boca, con esa voz que celebrabas la melodía de la vida, con el suave ritmo que lleva el viento tocable de la música a aquellos oídos del sordo que reconociendo tu voz, te llamaba y tu te acordabas...me llamabas, y no estaba.
Sé que ahora escribes mi nombre en tus sueños más dorados y más desconocidos en la libertad creíble para soñar, que ahora prefieres no conocerme porque crees que brotaran de tu inocencia el temple de combate por tus anhelos. ¿Y será que mi nombre, lo escribirás solo en el espacio de tu sueños?
Diré entonces que solo habías escritos mi nombre...
Ahora se que sé que pronunciarás mi nombre en los campos que verán tu sencillo andar, ahora con tu mirar esquivo, fugando al ruido de la soledad cuando encuentres que sonreír a la flor que se agita levemente por ti te pondrás como el viento feliz, y no habrán más pasos solitarios.
Mi nombre... mi nombre... será ya un vago recuerdo.
Pensaré ahora que evocarás mi nombre cuando ya corras libre detrás del viento libre huyendo de las voces que llamaron atrás sin mirar tus pasos en la vuelta del camino y dirás que mi nombre es como huella perdida del recuerdo, entonces ya no me evocarás...
Diré entonces que habías pronunciado mi nombre antes de dormir, después de levantarte, en todos los momentos del día y la noche, en todos los lugares donde te encontrabas pronunciabas mi nombre pensando: Donde estás que te quería...
Diré como nunca que me evocabas, me escribías, me llamabas, tal vez no haya existido, porque yo era donde tu no creías, por que yo era donde tu no estabas, en fin, soy el joven amor, libertad de la paz.
Y ahora escribiré tu nombre... en la tarde por que es como el amanecer, y tu estás todavía.