María de la Concepción

Words
832
Reading
4 min
6y
Listen to this post
~6 min

Saludos, gente de bien.
En esta oportunidad dejo para ustedes este relato que cuenta parte de la vida juvenil que muchos de nosotros disfrutamos con absoluta tranquilidad.


conchi3.jpg
Fuente



María de la Concepción

María de la Concepción era ya una mujer con hijos cuando supe de su existencia; yo apenas tenía 13 años. Todos le decían Conchi; yo no, a mí me daba pena, yo la llamaba ‘señora María’. De belleza extraña, no destacaba entre las más bonitas pero desbordaba alegría contagiosa y por eso les ganaba a las demás. Por donde quiera que ella pasara las miradas volteaban hacia sus enormes nalgas y su contoneo. Si ella se detenía a saludar a alguien siempre aparecía un tercero, o un cuarto, que se acercaba para decirle, con voz casi susurrante: ¡Cooooonchi! Al principio, yo no entendía por qué hacían eso… Ella solo respondía con una carcajada.

Siempre andaba como recién bañada, fragante a jabón de olor, maquillada y perfumada, con labios y uñas de rojo intenso. Recuerdo que me gustaban sus llamativos collares de diversos colores, siempre en juego con sus grandes aretes, y en combinación con su vestimenta.

conchi1.jpg
Fuente

En un principio me mantuve distante de ella porque mi abuela me dijo que no anduviese con esa mujer, que yo era una niña de su casa. Le hice caso hasta el día en el que mis amigos –5 muchachos contemporáneos conmigo– y yo, la única hembra del grupo, salimos a dar una vuelta por los terrenos cercanos al río, actividad que hacíamos varias veces a la semana, sobre todo en época de vacaciones escolares. Mientras algunos lanzaban piedras con sus “chinas” a las aves, otros recogíamos frutas silvestres o las del conuco del señor Agapito Requena y ay de nosotros si el viejo nos llegaba a encontrar en el acto y ay de mí si iba a decirle a mi abuela que yo estaba con la pandilla de vagabundos de la calle Mendoza.

Si mi abuela sabía que yo estaba por el río me llamaba, desde la puerta de la casa; mi nombre se oía en todas partes y yo, corriendo, debía ir a su lado a ver qué pasaba; pero si no aparecía de inmediato, al verme, me decía que todos esos muchachos iban a abusar de mí, que me iba a perder y otras cantaletas más. Yo terminaba llorando, no por lo dicho por mi abuela sino porque lo hacía a todo gañote para que nadie se quedara sin escuchar: después yo sería el hazmerreír de todos. Nunca le dije que esos muchachos eran sanos pues jamás ninguno me dijo ni me hizo nada obsceno, que nuestra diversión más hermosa era jugar a crear palabras a partir de otras; más bien me cuidaban de las picaduras de los animales, me protegían siempre, más si íbamos a la orilla del riachuelo.

conchi2.jpg
Fuente

Un buen día, la “pandilla” quiso ir a las ruinas de una antigua tenería, posteriormente alfarería, donde aún se veían los restos de la chimenea y paredes de ladrillos rojos en las que nos montábamos para hacer equilibrio; allí solíamos jugar El escondido. Para ir hasta allá había que cruzar el arroyo, pero sin mayor problema porque normalmente era de cauce delgado, menos en el tiempo de lluvias ya que se volvía ancho y peligroso. Cuando llegamos al barranco más alto, por donde se bajaba para cruzar al otro lado, la vimos: María de la Concepción estaba completamente desnuda, bañándose en aquellas aguas transparentes que dejaban mostrar su blancura.

Para mis amigos no hubo sorpresa: la habían visto un montón de veces antes, pero para mis ojos de niña de 13 años fue impactante al principio. Ni a mi madre ni a mi hermana ni a mi abuela las había visto desnudas, aunque ellas a mí sí. Me sonrojé pero fingí que no me había impresionado. Ellos se sentaron al borde del barranco, con las piernas colgadas, para contemplar el espectáculo de Conchi mientras se refrescaba, boca abajo, y nos preguntaba cómo había ido la caza. Yo los imité y de inmediato me sentí completamente integrada al paisaje y a la situación. Tuvimos con ella una muy agradable conversación, entremezclada con chistes y chismes del pueblo. Ahora que lo pienso, fuimos espectadores en primera fila en un acto de absoluta normalidad, aunque en 1971 no estaba bien visto que una mujer se desnudara en público.

conchi3.jpg
Fuente

Llegué tarde a la casa y lógicamente mi abuela me esperó para darme un severo discurso sobre la vida y sus vericuetos, mientras yo lloraba. Terminó de hablar y dio dos pasos. Regresó frente a mí y me dijo: ¿Sabes por qué no debes juntarte con ella? Es una de las putas del bar “El Deleite”… Me quedé pasmada, pero eso no impidió que durante mucho tiempo yo siguiera yendo a ver a Conchi bañarse en las diáfanas aguas del río.

mi nombre en separador2.jpg

¡Muchas gracias por su visita!

Si deseas leer interesantes relatos y cuentos visita los blogs de
evagavilan@evagavilan, nancybriti@nancybriti, gracielaacevedo@gracielaacevedo y oacevedo@oacevedo.

separador hive.jpg

María de la Concepción | Ecency