La visitante

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Estimados lectores, he querido dejarles hoy esta ficción sobre un tema que me atrapa siempre. Espero les guste.

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La visitante

Educado dentro de una clásica y acomodada familia de altos valores morales, Alberto era un perfecto caballero que se había decidido por la carrera militar en vez de las artes.

En la primavera de 1899, se encontraba internado en el Bellevue Hospital Center, de Manhattan. Allí esperaba por su operación de una hernia lumbar, consecuencia de la terrible caída del caballo sobre el que combatía en la Batalla de Coliseo, en Matanzas, por la Independencia de su natal Cuba. Había llegado a Estados Unidos por recomendación de los médicos que vieron en su condición física la urgente necesidad de una intervención quirúrgica. La hernia le había estado molestando desde hacía meses y el entumecimiento en las piernas le impedía caminar con facilidad. Como eso era preocupante, decidió viajar al norte.

Su habitación le desagradaba: era húmeda y oscura; él estaba acostumbrado a ver la luz del sol brillante del trópico. Aquel lúgubre sitio tenía solo algo bueno: una puerta diseñada en la mitad superior con cuatro vidrios, divididos por delgados listones, mientras que la inferior era toda de madera, con imágenes de ángeles labradas a mano. «Es rara una puerta como esa en una habitación de hospital, seguro fue una donación de algún artista local», pensó.

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Como no tenía parientes ni amigos allí, nadie lo visitaba. Para evitar el tedio pasaba el día leyendo cuanto libro le conseguía una simpática enfermera con quien había hecho buena conexión. Cuando ella estaba de turno Alberto practicaba su escaso dominio del inglés y ella, gustosa, lo ayudaba.

Una tarde llegó a su lado una dama que se dirigió a él en perfecto español, como si lo conociera. Mientras ella saludaba, él miraba cada detalle de la mujer: era hermosa, de blanca piel, casi pálida, tenía el más dulce de los rostros. Llevaba puesto un elegante vestido al estilo victoriano, de color negro, cuello bajo y falda ancha, y un pequeño sombrero con cinta y lazos que se quitó apenas entró. Aunque estaba extrañado por aquella visita, decidió llevarle la corriente a la desconocida y dejarse acompañar un rato por su presencia. Pensó que se ofendería si le pedía aclarar la situación y él jamás, de ninguna manera, insultaría a una dama.

Alberto creyó que ella se había confundido de persona, pero se sorprendió mucho cuando se dirigió a él llamándolo por su nombre. Estupefacto, le preguntó –no sin antes disculparse por tan irremediable olvido– que dónde se habían conocido. Risueña, mientras caminaba alrededor de la cama, respondió que en Coliseo. A él le pareció imposible no recordar a una mujer tan bonita en aquel lugar. Ella cambió de tema inmediatamente y comenzó a interrogarlo sobre hechos de su vida pasada a lo cual él, hipnotizado por tanta belleza, contestaba con rapidez. Cuando era él quien preguntaba ella respondía con vaguedad, con voz sutil, dejando a Alberto en ascuas por descubrir su misteriosa presencia.

Tres tardes y tres visitas después, Alberto estaba completamente enamorado de quien no sabía su nombre: ella se negaba a decirlo alegando que él debía recordar su primer encuentro. Y ya que sería demasiada descortesía de su parte haberlo olvidado, Alberto decidió no volver a preguntarle ni su nombre ni por qué siempre llevaba puesto el mismo vestido cada vez que lo visitaba; eso era muy extraño en alguien de su porte. También le llamaba la atención que en cada visita, antes de despedirse, ella le pedía que se durmiera, para que descansara. Y él, contento de ser objeto de su preocupación, hacía caso y se dormía plácido.

Pero, muy confundido por la actitud de la dama en negarse a decir su nombre, al cuarto día decidió pedirle a su amiga la enfermera que investigara quién era aquella mujer que lo visitaba. La sorprendida le dijo que a él nadie lo había venido a visitar, que no había ningún nombre escrito en su registro de visitas. Eso desesperó a Alberto y discutieron por un largo rato hasta que ella abandonó la habitación, diciendo que tal vez lo había soñado.

Esa tarde, cuando su enamorada apareció conversó con ella de diversos temas pero estaba levemente disgustado y atento a sus movimientos, buscando algo que no sabía qué era. Decidió hacerse el dormido antes de que ella se lo pidiera, alegando que estaba cansado. Luego, con los ojos medio abiertos, Alberto vio lo que nunca imaginó. Cuando ella llegó a la puerta de la habitación su cuerpo se dividió en dos partes: de la cintura para arriba atravesó los cuatro vidrios y la parte inferior se quedó dentro de la habitación hasta que se esfumó completamente.

Atónito, poco a poco le fueron llegando a la memoria las imágenes de su primer encuentro con aquella mujer. Primero la había visto sentada en la hierba y le pareció sumamente extraño. Luego recordó la causa de la caída del caballo: mientras los ensangrentados soldados defendían su patria, él se quedó absorto mirando a la mujer de negro que atravesaba ilesa, entre los hombres y entre brumas, el campo de batalla.

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