El día que Marisela y yo nos encontramos por primera vez, éramos unos desconocidos.
Ella tenía 18 años de edad; ambos teníamos la misma edad y ambos cumplíamos años ese día que nos encontramos dispuestos a entrar y bañarnos en la piscina del country club de la ciudad.
Ese instante fue la primera coincidencia: íbamos para la piscina, éramos desconocidos, o tal vez, sin habernos encontrados sin esperarnos y sin saber que éramos tal para cual, nos encontramos, casi que fundidos en una sola persona.
Al principio lo tomé como una simple coincidencia. Ninguno lo sabía; nada sabíamos del mutuo cumpleaños. Ella se quedó fijamente mirando mis ojos y yo la miré con la misma intensidad y, además, colgamos una sonrisa cómplice, y apartamos las miradas como si no quisiéramos abandonar más nunca las ganas de mirarnos.
El amigo que me acompañaba, la conocía y, para ese instante, guardó silencio respetuoso de mis actos.
Me dejó mirarla, consentirla, hacerla mía visualmente (sin saber que se quedaba sembrada para siempre en mis pupilas); aunque, las miradas cautivantes eran mutuas. Pero, luego, él habló para decirme quién era; lo hizo demasiado tarde; ya había atravesado mis pensamientos, ya estaba saltando adentro del corazón (y no me explico, por qué presentí que también ella sentía lo mismo
Y cuando la vi salir de la piscina con su cuerpo de diosa como una bonita escultura salida de las manos de Michelangelo: tenía el cuerpo agraciado; en verdad, era como una escultura de los dioses que tallan con arte carnal perfecto: trabajada con material artístico hecho para incitar al deseo con su obra de arte de creación humana. Era un cuerpo de mujer hermosa sumado al gusto y al amor.
Pero mi amigo estaba allí y me lo dijo sin anestesia:
-Esa mujer es una prostituya; trabaja en un night club.
No había reparos, porque yo me había enamorado de ella como dicen: a primera vista, son los días que se han quedado borrosos en el pasado y hoy regresan en el lecho de muerte de Marisela. Han transcurrido dos años desde esa primera vez que la vi; ahora, estoy con ella, sigo acompañándola en su dolor.
La última crisis dolorosa sufrida en su oído invadido por una poderosa metástasis a la edad de 19 años y medio, ocurrió un 1º de febrero. Ella (la misma mujer de la piscina, la misma del prostíbulo, la bella dama con la que yo coincidía en casi todo, y que luego la convertía en mi esposa): Marisela, sufría la última crisis mortal.
Aquí es donde debo confesar lo que verdaderamente me ocurrió, fue cuando Marisela tendida en la cama, moribunda (sostenía fuertemente a nuestro pequeño hijo con su brazo izquierdo y pegado junto a su seno), con su mano derecha apretó con firmeza mi mano derecha; y fue cuando aparecieron todos esos (nuestros) recuerdos que aprendimos a mirar juntos:
Marisela estaba en la piscina con su cuerpo de diosa en bikini. Ese día, la primera vez que nos vimos en la piscina, después de un largo rato de contemplarla, me le acerqué. No hubo rechazo; yo quería estar con ella y creo que ella deseaba estar conmigo; y sin mayor inconveniente me senté a acompañarla en su mesa.
Yo le miraba deseándola. Tenía unos trapitos acuáticos muy sugestivos y despertaban pensamientos lujuriosos. Hablamos de su cumpleaños y el mío: la coincidencia. Ella se tomó una cerveza y yo también; aunque había ron y Whisky, bebimos cerveza.
Yo me acerqué con una bolsa de maní salado pero también, ella, ya había comprado (su propio maní) y lo tenía en su mesa. En todo eso coincidimos; y lo supimos inmediatamente.
Nos percatamos de las coincidencias: sus gustos eran muy semejantes a los míos. Casi que sin invitarnos (paralelamente) nos provocó lanzarnos a la piscina. En el agua ella hizo la observación: el color de nuestras vestimentas azul. Sus cuentos de infancia y de la escuela y la secundaria: todo parecido. Y el gusto exagerado por la lectura. Eso fue extraordinario: a los dos nos gustaba la lectura excesiva. Todo fue maravilloso que para ser la primera vez hay muchas coincidencias. Y, al final, como corolario de nuestras concordancias, el hombre, el taxista que nos trasladaba ida y vuelta, era el mismo; lo que nos provocó fue una misma risotada muy parecida: todo era una maravillosa locura concomitante.
Nos citamos para vernos al día siguiente ir a un café en el centro de la ciudad. Nos encontramos nuevamente. Bebimos el café, claro está, la misma preparación. Ahí fue donde pactamos salir más a menudo los días entre semana. Nos descubrimos los gustos literarios y eran similares
Ese día nos preguntamos a qué se debe eso lo que nos pasa a los dos: que dos “personas andan en la misma línea de pensamiento y con ello se tiene que pueden llegar a pensar lo mismo”. Ella decía telepatía, y nos reíamos de sentir lo que sentíamos y nadie más lo sabía: yo aseveraba que era amor, y reíamos hasta la saciedad, y luego volvíamos a buscar más palabras para calificar nuestras coincidencias y empatías, hasta que le dije: "conexión psíquica"; y ella me dijo “efecto diapasón”.
Pero dejó claro que Sigmund Freud decía que: "Si dos personas piensan igual en todo, puedo asegurar que una de ellas piensa por las dos". Freud debió entender que para comunicarnos alguien tenía que ceder, o mejor dicho, vivir en comunidad; y llegamos a ese acuerdo, porque de lo contrario íbamos a ser como dos tortugas amarradas de una pata trasera cada una; mientras una caminaba arrastraba a la otra hasta que se cansara luego comenzaba la otra arrastrar a la otra; y así, no se llega a ninguna parte, no se avanza en nada
La visité dos o tres veces en el night club: nunca me cobró un centavo; el único pago era el costo de la habitación (un porcentaje para el dueño del night club). Pero en esas oportunidades de arrebatos sexuales entendimos que estábamos hechos el uno para el otro: deseos y pensamientos volcados el uno para el otro.
Se retiró para siempre de es elugar. Cambiamos de amigos y ciudad; nos fuimos para un pueblo. Fuimos a trabajar distantes de la compra-venta de los deseos y servicios sexuales. Nos casamos por todo lo alto: civil y lo consagramos por la iglesia. Nos prometimos (promesa muy seria que nos hicimos) con un texto bíblico que guindamos en un cuadro de nuestra habitación y lo guindamos en nuestros corazones.
Ahora una penumbra invadió nuestra habitación. Los gallos, los únicos que parecían sobrevivir cantando en el silencio de la madrugada, también se callaron. Y solamente se oían los pasos seguros, firmes y lentos que finalizaron en la puerta cuando Marisela junto a sus recuerdos desaparecieron en ese instante.