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Cuentos viejos del abuelo

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La casa se alzaba sobre puntales de piedra con cuartos enormes, salas enormes, el enorme tejado de tejas rojizas y aquella terraza que no tenía fin.

El sótano era hondo, era la caverna, era nocturno y olía a cajas cerradas.

Estaba un archivo de gruesos volúmenes, pesados volúmenes de hojas de barro que se deshacían al tocarlas.

Estabas las altas paredes, lisas las tablas con rostros serios que no hablaban, nunca zurcían, jamás sonreían y miraban a lo lejos, nunca a mí.

A los hombres les crecían extraños bigotes y usaban chaquetas de largas solapas, extrañas chaquetas que me hacían reír.

Lucían grandes bigotes aquellos señores y el más retorcido era el de mi abuelo.

Y ellas se sentaban con largas faldas y grandes mantones, con las manos en las rodillas y la tez pensativa…

La voz de mi padre ponía caras concretas, en aquellas que eran altas, difusas y miraban a lo lejos, no a mí.

La vieja prima que era tan vieja tenía una madre mucho más joven que ella mientras el primo no se parecía a su madre y el más viejo de los tios intentó un dia dispararle a los abuelos.

Eran cuentos antiguos que me fascinaban, leyendas antiguas que me embobaban y a mí me gustaba aquel tono en la voz de mi padre.

Y yo escuchaba y después dormía y después soñaba. Yo no meditaba, no preguntaba, no descifraba, porque buscaba la voz del sótano cuando huía con las mariposas y volaba con las viuditas a esconderme detrás de los troncos.

Porque yo amaba el susurro de los cañaverales cuando la verdad hablaba en el viejo huerto y dormía en paz, la casa estaba limpia en el centro del anillo.

Estas historias las conseguí en un viejo cuaderno que estoico ha resistido el tiempo y las escribió mi abuelo.

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