Anabel
La vio, más allá de lo que se puede ver. Sus pasos eran lentos y el movimiento de sus brazos una danza natural. Era diferente, de eso estaba seguro. Él sabía que la conocía, y ella lo conocía, sin embargo, la conocía y no la conocía a la vez. Había oído su voz incontables veces, y en él tenía un efecto mágico, único. Había visto su rostro a diario; gozaba de sus sonrisas, de su mirada inquieta y soñadora. Conocía las líneas de sus manos, su textura. Pero, ¿dónde? La vio alejarse calle abajo. Su nombre era Anabel.