Había tomado la decisión a consciencia. Esa tarde rompería con mi novia de una vez por todas. Nuestra relación se había vuelto tóxica, bastante conflictiva.
Peleas constantes, discusiones, muchos celos de ambas partes. Tenía que dejarla en definitivo. Era lo mejor para ambos, por bienestar personal, por salud mental.
Resolví que Mozart, mi perro, me acompañase a la cita. De algún modo me inspiraba y daba valor a tomar la decisión final.
Llegué al parque, ella aún no estaba ahí. Me puse a jugar con mi can lanzándole una pelota. Quería no estar nervioso, pero no lo podía evitar.
De pronto la vi venir. Su vestido blanco, holgado hasta los talones estilo hippie, su larga melena rubia revolotear sobre su bello rostro me derritieron. No obstante, estaba resuelto a terminar con la relación.
— Hola guapo — me saludó con un beso suave en los labios. Ella siempre había sido aduladora. Me encantaba eso de ella. Mi autoestima crecía con facilidad, pero debía dejarla de todos modos.
Se puso de cuclillas y saludó a mi perro con mucho cariño. Le acarició, zarandeó la cabeza mientras él movía su cola sin cesar. Se gustaban mucho mutuamente. Por un momento dudé de mi decisión, pero me propuse recordar las constantes discusiones para no echarme para atrás.
Me senté en el pasto.
—Tengo algo que decirte — dije con voz entrecortada.
— Espera amor, dame la pelota.
Se la di. La lanzó con fuerza, Mozart fue por ella.
— ¡Eso Mozart, corre, corre! — exclamó mientras brincaba y chocaba las palmas de sus manos. Era tan libre, tan espontánea.
— ¡Qué calor! — dijo. Se sentó en el césped junto a mí, se descalzó, luego le quitó la pelota a Mozart del hocico cuando éste regresó.
— Ahora si guapo, dime eso que tenías que decir.
Se me hizo un nudo en la garganta.
— Te amo y me gustaría que te casaras conmigo para siempre, eso era lo que tenía que decirte.
Sin esperar respuesta, le tomé su rostro con mis manos y la besé con pasión.