Y fue entonces que de guerrero con una espada en la mano, pase a sostener tus manos, y en vez de matar tempestades, solo dediqué mi tiempo a acariciar tus bondades, ya nunca más galope detrás de vanas sonrisas, hice de la tuya un lugar de descanso, y aprendí a refrescar mi locura entre esas dulces cataratas de agua fresca de tus ojos.
¿Quién puede ir a buscar pepitas, si en frente se tiene la más grande de las betas de oro puro?
Por eso, aprendí a escuchar tus palabras, que son melodías de vida; a dormir en el remanso más sabroso que me ofreces en el centro de tu pecho, y a cobijar mis fríos entre el más ferviente abrazo que hace que mi alma descanse.
Aprendí a que solo existe un sabor en el paladar de mis deseos y es el sabor de tu piel, a verte cerrar los ojos cada noche y murmurar en silencio un dulcísimo te amo; a calentar mis sueños con tu cuerpo y a volar a rescatarte cada noche de tus miedos, a entender que somos hijos de un amor de luna y que le encanta acompañarnos cada noche.
A que si te cuento mis problemas, tienes siempre una respuesta para volver a empezar, y que si por alguna razón estás triste, yo te canto una canción y vuelves a sonreír; bueno, aprendí a ser solo tuyo, casi de tu propiedad...y que no te gusta eso, porque para tu forma de amar, hay que tener libertad, para así poder volar.
Y aun así...no he podido amarte como yo te quiero amar... Porque ninguna manera es suficiente para amarte.