Aunque había días en que tenía un rumbo determinado, la mayoría de las veces encendía su vieja pero noble nave, y surcaba el mar de los caminos sin rumbo fijo.
Podía detenerse ante una catedral, un viejo monasterio, una plaza, o ante una hoja seca, moribunda, que se ganara el amor de sus ojos.
Era tan feliz con su vida de peregrino, que no quería pedirle más a la vida, que seguir siendo un peregrino hasta el final de sus días.
Pero llegó la peste y le prohibieron salir, caminaba entonces por todos los rincones de su casa, retrataba una araña, un jarrón, una hormiga, una vieja sábana que le regaló su madre, sus zapatos...
Lo agarraba la noche contemplando la distancia a través de la ventana, convencido de que no aguantaría mucho más, que la sed por los caminos lo llevaría a salir al día siguiente, que nadie iba a poder detenerlo.