Compañera de viaje

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Aunque eran muchos hermanos, Berta fue la única hija que se quedó con su madre.

Al principio llamaban, se comunicaban de algún modo, pero poco a poco se fueron alejando, hasta que Berta y la madre se quedaron solas.

Pero Berta era de esas personas que no se entristecía por nada, atendía a la madre enferma con diligencia y ternura,y así trataba de llevar una vida tranquila.


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Lecherías es una zona en Puerto La Cruz, donde viven personas de buena posición económica, una ciudad importante del oriente de Venezuela; allí vivía Berta con su mamá, por eso la gente pensaba que ella no tenía problemas económicos.

En un momento tuvieron dinero, pero paulatinamente se fue deteriorando su situación, hasta el punto que a duras penas tenían para comer y cubrir los servicios básicos.

Pero aún conservaba su vieja camioneta caprice, tipo ranchera, del 95, ropa elegante de los buenos tiempos, y una salud de hierro.

Su menguado sueldo de profesora universitaria, realmente no le permitía mayores cosas, pero la tragedia más grande consistía en la pérdida del seguro de vida, y la asistencia médica a las que estaban acostumbrados desde hace tantos años.

Por eso, cuando su madre murió, lo primero que se preguntó Berta fue:

!Dios mío, cómo la entierro!

El seguro universitario no cubría ni siquiera el costo de la urna, y además ellos no tenían fosa en Puerto la cruz, sino en Maturín, donde habían nacido.

Intentó comunicarse con sus hermanos y fue imposible; estaba la posibilidad de la cremación, así no necesitarían ni fosa ni urna, sólo tendría que pagar el costo de esta. Pero había un pequeño detalle, en Puerto la cruz no había crematorio, así que había que trasladarla a Maturín y el viaje también tenía su precio. Pero para Berta no hay problema sin solución, no hay nada que le robe su sonrisa, Berta tiene un ángel, el ángel de Berta es ser una profesora universitaria venezolana, indestructible, audaz.

Años después de que sucedió lo que les voy a contar ahora, vi una película tragicómica, donde la trama era muy parecida, por eso no me extrañaría que piensen que esta historia es pura ficción:

Berta maquilló a su madre muerta, la vistió con sus mejores ropas, y con mucho esfuerzo, logró sentarla a su lado, en la vieja camioneta.

Salió muy temprano de Lecherías, así los vecinos no pudieron verla; de Puerto la Cruz a Maturín son cerca de tres horas, y hay algunos puestos de control, las ventanillas abiertas dejaban entrar la brisa, batiendo el pelo de las dos mujeres, sonreídas y calmas. Berta tomaba la fría mano de su madre, la acariciaba de vez en cuando; bajaba el volumen del equipo de sonido y hablaba con ella como lo hacían siempre que iban de viaje.

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La pararon en un solo puesto de control, mostró los papeles del vehículo, sus documentos y los de su mamá.

Como notó que el guardia nacional veía mucho a la señora, se adelantó y le dijo:

-Está dormidita.

Espera las cenizas de su madre, lee un poco. Cierra el libro, saca un rosario, reza por un rato, se dice en silencio: "Cómo me gustaría que mis hermanos estuvieran aquí"; experimenta la sensación de estar dormida y en pocos segundos repasa toda su vida.

Hizo el retorno sola, pero seguía hablando con su madre como si estuviera allí; en varias oportunidades, de manera involuntaria, desplazó su mano derecha hacia el asiento buscando la de ella; al sentir el vacío, subía el volumen de la música y cantaba en voz alta.


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La volvieron a detener en el mismo punto de control, volvió a presentar los documentos y sin que el guardia nacional le preguntara; ella le dijo sonreída: "La dejé en Maturín por un tiempo".

Cuando estuve en la casa de la profesora Berta, para darle las condolencias por la muerte de su madre, me enseñó la vasija donde estaban las cenizas, y después me contó todo, orgullosa.

Sirvió café, cruzó las piernas con soltura, me miró a los ojos, luego me dijo: "Era mi madre, Carlos, y me hace mucha falta".