“Los vuelos más recordados son aquello que ni la imaginación alcanzan…”
Saludos. Amigos. Las historias de grandes cazadores de aves perduraran toda la vida. Una infancia llena de aventura como una simple fábula. A continuación dejo un texto para su consideración y comentarios.
Corría y sin darme cuenta tropecé con algo huesudo. Al recuperarme supe que mi hermana yacía extendida en el suelo, levantó la cabeza sacudiendola de un lado a otro. A duras pena logró levantarse, enseguida comenzó a lanzar tantas piedras que casi me mata, tuve suerte de esquivarlas, sin embargo, no alcance tapar mis oídos para evitar sus obscenidades.
Desaparecí de ella asustado y esa excitación solo duró segundos porque al mirar de nuevo al cielo el pájaro todavía revoloteaba cerca del árbol.
Atravesé el patio con cuidado, de aquí hacia allá. Me oculté, saqué media cara sobre el borde del gallinero, poco a poco las hojas, las ramas crecían ante mis ojos. El alado posó su cuerpo sobre una madriguera, casi encima donde mi hermana machacaba la ropa como loca. No oculté en ese instante las ansías de atraparlo.
Salí del escondrijo y jorobado me escurrí por el lugar. Me detuve donde le arbusto con su sombra ayudaron a esconderme.
De vez en cuando echaba un reojo hacia el nido, y por mi posición no dudé que el ave desde allí no podría verme, así que decidí trepar aquella montaña en silencio. La tarea era difícil, lo sabía, debía emplear perfectamente las manos y los pies.
Al ver no muy lejos de mi cabeza al pajarraco, plasmé una sonrisa y sin hacer ruido dejé la honda en una de las ramas próxima. Me ajusté en un sitio seguro y toé impulso para trepar al segundo ramo, luego al tercero. Estando lo más cerca posible de aquel perdigón de colores advertí perfectamente sus proporciones. Era el momento preciso para pescarlo. En una forma gradual alargué el brazo, lo estiré hasta sobrepasar los límites.
De pronto se oyó un crujido seguido de un temblor extraño que hizo aletear al pájaro. Fui en busca de donde atarme y solo me dio tiempo de escuchar otro traquido más profundo. La rama había cedido. Descendía junto con ella. En aquel momento mis ojos desorbitaron al ver que todo iba hacia arriba. Casi grité o mejor dicho lo hubiera hecho de haber tenido voz.
La caída parecía una eternidad desde allá cerca del cielo. Me vi en el espacio y una hilera de hormigas que deambulaban por el sitio se apartaron despavoridas al aproximarme al suelo.
Sentí un estruendo que se prolongó por todos mis huesos, una bruma iba arropando mis sentidos. No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado. Desvanecido sobre algunos animalitos que por el impacto yacen mutilados.
Regresé en sí y quedé petrificado al percibir una avalancha de luces girando a mi alrededor. Los ojos dejaron de obedecerme, estaban entregados a los satélites movedizos. Pestañeé lo suficiente para entrar en razón. Pude ver. Mi hermana se encontraba aun con la boca abierta observándome. Apreté las cejas al descubrir que el dolor de cabeza se hacía más agudo.
El corazón me daba tumbo cerca de los oídos. El dolor persistía. Juzgué que me desprendía del cuerpo. Se alejaba…