Descanso la cabeza en mi almohada
y pongo la sombrilla como techo
un perro me resguarda la morada
de males expectantes al acecho.
Mi techo observa tierno hacia mi amada
Que duerme con sonrisas en su lecho;
El can mueve su cola enamorada,
y mi dama rehace lo desecho.
La almohada y la sombrilla no son nada,
igual que los dos filos de una espada,
que no alberga valor sobre su pecho.
Yo lanzo una verdad como granada:
El perro se ha ganado su derecho
ancestral de ladrarle a la alborada.