La puerta principal se abrió con un quejido metálico y Tom entró, sacudiéndose las gotas de lluvia de su abrigo caro. Traía consigo el aire fresco del exterior, el olor a café de oficina y esa seguridad pragmática que, en otro tiempo, a Ana le resultaba reconfortante. Hoy, sin embargo, esa seguridad se sentía como una barrera.
—¡Tom! Gracias a Dios que llegas —exclamó Ana, interceptándolo en el vestíbulo. Su voz salió más aguda de lo que pretendía, casi un ruego.
Tom dejó su maletín en el suelo y le dedicó una sonrisa cansada.
—Hola, cariño. Vaya día. Los inversores están insoportables con los plazos de la nueva sucursal. ¿Cómo ha ido la limpieza? Veo que has avanzado mucho.
—Tom, escucha —dijo ella, ignorando su charla trivial y tomándolo del brazo—. Pasan cosas en esta casa. Cosas que no tienen explicación. He encontrado restos de los antiguos inquilinos... fotos con los ojos arrancados, un zapato de niña que se deshizo en mis manos... ¡y hay cabello humano dentro de las paredes de la cocina!
Tom se detuvo y soltó un suspiro largo, de esos que se reservan para los niños que han tenido una pesadilla.
—Ana, por favor. Hemos hablado de esto. Las casas viejas tienen escombros, nidos de ratas, basura de hace un siglo. Es normal que encuentres cosas desagradables.
—¡No era basura! Estaba escondido a propósito —insistió ella, arrastrándolo hacia la cocina—. Y la ventana... Tom, el nombre de los Meyer apareció escrito en el cristal solo, como si alguien lo trazara desde afuera. ¡Ven a verlo!
Llegaron a la cocina. Ana señaló frenéticamente el hueco detrás de la estufa donde antes había visto la macabra red de cabello trenzado.
—Mira ahí dentro. Toca la pared si no me crees.
Tom se inclinó, encendió la linterna de su teléfono y alumbró el agujero. Ana se preparó para el grito de asco de su marido, pero lo que siguió fue un silencio absoluto.
—Aquí no hay nada, Ana. Solo ladrillo y un poco de yeso seco.
Ana se abalanzó hacia el hueco. Metió la mano, raspando la piedra con sus uñas. Nada. El cabello, el hilo rojo, la sensación de conexión con la casa... todo se había esfumado. Desesperada, corrió hacia el salón y levantó la alfombra persa, buscando la trampilla de latón.
—¡Las llaves! ¡Estaban aquí mismo! —gritó, golpeando el parqué.
Pero el suelo de madera era liso, sólido y uniforme. No había rastro de la trampilla, ni de las fotos, ni de la seda negra. Era como si la casa se hubiera reconfigurado en los minutos que ella tardó en llegar a la puerta.
Tom se acercó a ella lentamente y le puso las manos sobre los hombros, obligándola a ponerse de pie. Su mirada ya no era de cansancio, sino de una condescendencia que dolía más que un golpe.
—Ana, escúchame bien —dijo con voz suave, excesivamente calmada—. Has estado sola aquí todo el día, sin ver a nadie, obsesionada con la limpieza y las historias que cuenta el viejo cura ese, Thomas. El estrés de la mudanza a Ámsterdam, el cambio de país... te está pasando factura.
—Yo sé lo que vi, Tom. No estoy loca.
—Nadie ha dicho que lo estés, pero estás sufriendo alucinaciones por agotamiento. Mañana mismo voy a llamar al Dr. Aris. Es un excelente terapeuta, especializado en ansiedad por desplazamiento. Necesitas descansar y que alguien te ayude a procesar todo este cambio.
Tom la guio hacia la escalera como si fuera una inválida. Ana subió los escalones en silencio, sintiendo que la madera bajo sus pies vibraba con un regocijo secreto. Al llegar al descanso del primer piso, miró hacia el pasillo de los espejos. Por un segundo, creyó ver el reflejo de Tom caminando solo, mientras ella, en el espejo, se quedaba atrás, gritando sin sonido detrás del cristal.
—Mañana estarás mejor —susurró Tom, dándole un beso frío en la frente antes de cerrar la puerta del dormitorio.
Ana se quedó en la oscuridad, sabiendo que ahora estaba atrapada en dos prisiones: la casa maldita y la incredulidad de la única persona que debía salvarla.