CRONIQUILLAS VENEZUELA

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17 - 12 – 2020

Ya han pasado varios días tras esta importante fecha (muerte de nuestro libertador Simón Bolívar). Ignoro si nuestros dirigentes hicieron fanfarria y panfleto, usando dicha ocasión para pavonear sus triunfos; la verdad, no quise enterarme. Supongo que sí, ya que para ellos aquí todo está en orden. Para ellos no hay dolor, ni angustia, ni hambre, ni muerte. Según sus sucias bocas, el país se encuentra en su mejor momento, y somos, ante el mundo, ejemplo de gestión gubernamental eficiente y de respeto por la vida y los ideales más sublimes que enaltecen la condición humana. ¿Qué otra cosa podría esperarse? Para estos buitres la nación es un trofeo y como un trofeo ha de ser tratada. Sin embargo, no pude escapar del todo. Pese a la situación que estamos padeciendo, nuestra bandera ondeó desde algunas ventanas de hogares humildes y establecimientos comerciales, acompañada por el himno, que repetía en sus notas la fortuna que tenemos los venezolanos por haber nacido en un territorio de héroes y guerreros.


Pero lo cierto es que estamos muy lejos de representar los "ideales" que movieron a los hombres del pasado para liberarnos del mal que hoy es ley. Las palabras libertad, patria, ciudadanía, soberanía, país, vida, nos quedan grandes. Nuestra sumisión es tal, que el solo hecho de levantar la bandera debería ser motivo de vergüenza. El acto resulta hasta risible ante mis ojos. Lo mejor que pueden hacer los nacionalistas, es arrodillarse frente a ella y llorar amargamente por todo el mal que hemos permitido. Ser venezolano en estos días es sinónimo de derrota, de desilusión y desventura.


Quizá suene ridículo, pero ese día me sucedió algo que considero revelador, y que, en lo que a mí respecta, define lo que es vivir en este país olvido por los dioses. Resulta que ese día, mientras transitaba las calles de Los Teques, una bandera que estaba asida a una ventana, de pronto cayó frente mis pies. Dicha bandera, que en principio confundí con un trapo, estaba curtida, avejentada, y sus colores carecían de brillo. Sentí tristeza, lo reconozco. También indignación y miedo por lo incierta que es la vida bajo este cielo. Por un momento pensé en recogerla, pero desistí de la idea y seguí caminando. Ya estando a una cuadra del sitio en cuestión, volví el rostro a ver si alguien la había recogido, pero no, la bandera seguía allí, sobre el pavimento, sucia, ajada, irrespetada, olvidada por todos, justo como se encuentra mi país.


0 Bandera rota vla.jpg

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