Uno de sus vástagos había despertado. En sueños se le había colado el impulso, esa vieja tablilla que su ya difunto tío abuelo le había heredado debía ser la causante. La miro por días y noches perdido en sus grabados inentendibles, pero que cuando pasaba el tercer o cuarto nivel del sueño podía leer. Era como si en su mente se hallara encriptado una lengua mucho más antigua que el Sumerio o el Sánscrito. El mensaje era claro tenía que liberarlo. Penaba en el fondo del mar y a la vez su vago lamento se manifestaba como una opresión omnipresente que solo podíamos alivianar con la búsqueda de la felicidad. Tal vez esa misma opresión había llevado a su tío, que nunca tuvo hijos, ni esposa, a quitarse la vida. Condena que pesaba sobre él en forma de aquella tablilla, qué ahora lo obligaba a liberar al padre durmiente que emergería de las aguas para mostrarle a toda la humanidad el porqué de la locura que se había apoderado de toda su familia.
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