Cuando su recuerdo llegó a mí
ya ella estaba presente.
Su vista me bañó el cuerpo
de un ínfimo temblor imperceptible
y mis labios, inertes hasta entonces,
quisieron regarse de sus besos.
Ardió de deseos mi cuerpo entero
y una abrasante calma
tomó posesión de mis sentidos.
Temeroso de perderla
extendí mi mano hacia mi sueño
y su ternura lo hizo realidad.
Sus labios pequeños, expresivos
buscaron a los míos,
infinitamente ansiosos,
para arrancarles poesía.
Cerré los ojos dilatados de dulzura
y sentí como mi cuerpo se paseaba
orgulloso junto al suyo,
quizá un poco más allá
de la Vía Láctea.
Cuando volvió mi mirada
y cuando la vi cercana
su imagen ya era un recuerdo.
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