Somos gestados en el refugio del vientre materno. A su abrigo se fue desarrollando nuestra humanidad. Se nos prepara para asumir la vida intramundana siempre como un proceso, siempre necesitados del Otro y de los otros, aunque llamados a ser cada vez más libres. Pero la libertad cuesta, es una conquista que nos da el estar en la verdad. Ese dolor se manifiesta al nacer, al dejar el cálido refugio donde nuestra corporeidad fue formada. Es doloroso, pero necesario, de quedarnos ahí la vida no sería posible, se frustraría. Y así cada proceso que tenemos que vivir en recorrido hacia nuestro fin último se ve marcado por un crisis, una ruptura, un momento crucial que puede ser percibido como una perdida, un dolor, una crisis.
Alumbrar, dar a luz… son términos que usamos para referirnos al nacimiento. Y es parte importante de nuestra existencia vivir en la luz para ser verdaderamente libres. Y esto lleva consigo la renuncia a lo fácil. Tú y yo sabemos que todo lo que es importante, todo lo que es valioso cuesta mucho. El maratón de la vida hemos de recorrerlo en la luz para no detenernos, caernos o no legar a lugar alguno. Cuesta, pero es sencillo ¿verdad? Conocida la carta de ruta sólo hay que avanzar y llegaremos. Sería un cuento de hadas, pero las hadas no existen, y no voy a aplaudir.
Fuimos dados a luz, para vivir en libertad. La oscuridad es fría y solitaria, y no quiere estar sola. Y nos quiere para ella. Es consciente que, aunque sabemos que fuimos creados para la vida, la luz, la libertad, también sabe que esa misma libertad puede hacernos ambiguos, que puede tentar nuestros sentidos y pensamientos, disfrazando como caramelo, la peor de las podredumbres. De esa manera ella ha tomado como misión atraernos por las buenas o por las malas.
Se ha generalizado un gran mal en nuestros tiempos, la idea de que podemos vivir sin dolor y sufrimiento, cuando ya sabemos que nacemos conociendo el dolor, y para crecer seguiremos rompiendo comodidades o nos atrofiamos y perdemos el camino procesual. En cada época de la humanidad la oscuridad ha buscado diferentes métodos para atraernos, para entretenernos en el camino. Y este es uno de los principales en nuestros días. Y ya son muchos los que se sienten cómodos en la oscuridad, y ya la luz le molesta. Sólo aquellos que han custodian con dedicación la luz en su alma pueden guiarse sin caer en la oscuridad actual.
No es fácil ser libres. La libertad rompe nuestro status confortable y nos lanza a la vida, a afrontarla, a caminar según la libertad recibida. Pero no siempre vivir en libertad se acoge con la alegría y el honor que significa ser libre. El Pueblo de la Antigua Alianza, después de haber sido liberado, luego de tener que vivir y tomar decisiones libres empieza a extrañar la esclavitud, el maltrato… y empiezan a lamentar su libertad. Dios le prometió una tierra, pero querían tenerla sin luchar por ella, sin caminar hacia ella. La libertad es un regalo, un regalo que se une a la lucha, debe ser conquistada.
A nivel espiritual queremos ser libres, nos cuesta contemplar la luz del Hijo del Hombre. Sus exigencias evangélicas nos causan pánico porque exigen ser vividas en libertad y en la verdad. Buscamos grupos, sectas, actividades, diversiones, vicios, ambientes... que únicamente nos entretienen, manipulan nuestros sentidos y emociones, mientras nos alejan más de la luz, de la gracia, pensando muchas veces que inclusive, le servimos. Nos pase como a los discípulos de Emaús que caminan hablando sobre el Maestro, pero ni cuentan se dan que Él camina a su lado.
Sin duda alguna cuando estuvimos mucho tiempo en la oscuridad la luz nos golpea en la vista y aturde los sentidos. Es nacer de nuevo. Costará acostumbrarnos, pero la libertad no tiene precio.