Caracas allí está,
Vedla tendida a las faldas del Avila empinado,
Odalisca rendida a los pies de su sultán enamorado..
Líneas del poema “Vuelta a la Patria” de Juan Antonio Pérez Bonalde
Encontrar un espacio para estar en calma, consigo mismo.. es la búsqueda de algunos.
Nunca he sido buena meditando, creo nos pasa a muchos, pero me encanta contemplar a ojos abiertos o cerrados, fuera o dentro, el flujo de imágenes reales o mentales siempre me ha parecido interesante, y a veces como un regalo se consigue ese momento de vacío, el corazón latiendo tranquilo y respirando en paz.
Caracas no es precisamente una ciudad de calma, ni de día ni de noche, aquella ciudad de los techos rojos y ambiente apacible quedó en el pasado. Pasó de ser la ciudad donde “siempre es(era) de día” con movidas actividades laborales, culturales, rumbas y esparcimiento diurnas y nocturnas, a ser una ciudad estresante donde hasta la calma es tensa y la soledad de sus calles apariencia.
Pero hay que darse la oportunidad, conseguir ese paréntesis, y si es en un ambiente natural, simplemente la gloria.
Captada aquí por el lente de un amigo, en el Parque Nacional El Avila, sector Los Venados, sentada en una mesa de las instalaciones para picnic que allí se encuentran. Una noche cualquiera Caracas luce así a los pies del Avila: luces y sombras, casi mágica y serena, amable y amante.
Creo que lograr ese equilibrio mente-cuerpo pasa obligatoriamente por estar en calma mental, controlar los monos de los pensamientos y los caballos desbocados de las emociones (como dicen algunas enseñanzas de meditación). Aislarse del agite cotidiano obviamente en un lugar así puede parecer muy sencillo, lograrlo en un transporte público, en algún momento de la jornada laboral o en algún rincón del hogar es lo realmente memorable.
Inhalar.. Exhalar.. Ser presente.