Atravesando el patio, se dirigió hacia el jardín que estaba detrás de la capilla. Ahí, sentado en la fuente, le esperaba un hombre encapuchado; éste salió a su encuentro apenas le vio.
El abrazo y el perfume de aquella dulce dama era un bálsamo para George Bolton, fray Richard como le conocían los benedictinos. Por su mente pasaron los recuerdos de sus noches juntos en lo profundo del bosque allende el convento de Saint Winifred, del amor que ambos sentían.
Separándose, el beso apasionado, quizás el último por el momento, y de ahí a la salida del convento.
Era apremiante que Mary se marchara; la joven no necesitó que se lo explicaran más. George había descubierto algo aterrador acerca del visitante que albergaba el convento en esos días, algo que la pondría en peligro a no ser que se marchara ella a un lugar seguro. De modo que George, por medio de sus viejos contactos, la enviaría a un lugar seguro en donde pasaría unos días en lo que George desviaba la atención hacia su persona.
Pero Mary no estaría sola. En sus entrañas crecía el fruto de ese amor monacal, un hijo o una hija. Una alegría para él, pero a la vez una preocupación; no quería que ambos fueran señalados por la sociedad, mucho menos que fuera repudiada por su familia. Por ello es que él se había despojado de sus hábitos y de sus mismos votos para entregarse al matrimonio en medio de la luz de las velas de la pequeña iglesia del pueblo, dándole el apellido a Mary y a la criatura.
El sacerdote que los casó, amigo suyo, le advirtió que podría suscitar un enorme escándalo si se llegara a saber que un monje había contraído matrimonio con una novicia. Sin embargo, George recalcó que él nunca sintió inclinación a la vida monástica; si él había entrado a la Orden de San Benito fue por la fuerza en un intento de su familia por refrenar su vida disoluta. No obstante, reconoció que la vida contemplativa le mostró nuevos caminos y le enseñó que debía ser responsable de sus propios actos, por lo que agradecía a la Orden de haberle acogido a pesar de todo.
De hecho, él no temía perder su herencia o de ser desconocido por su familia; en realidad ya daba todo por perdido sin ninguna posibilidad de recuperar, y ya no le importaba.
Por ahora, se ocuparía de que Mary y el bebé estén lejos de Saint Winifred, en las paredes seguras de la casa de un viejo amigo suyo y después en Pyke Hills, lejos de las miradas inquisitivas de la gente.
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