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No recuerdo la última vez
que podía desconectarme
del mundo un rato
en medio de inteligencias artificiales
y una guerra global a punto
de estallar como un infierno
que esperaba ser desatado.
El mundo cambia a pasos vertiginosos,
como si deseara acabarse ya;
la Madre Tierra lo demuestra
con su protesta entre huracanes
y deslaves que borran pueblos enteros.
Y es ahí, en medio de ese caos,
que uno a veces decide dejar
el teléfono de lado,
busca una taza de té caliente
y observa desde la ventana
a la luna resplandeciente,
al sol alzándose en el horizonte.
¿Qué nos deparará el futuro?
Sinceramente no lo sé.
