Cuando le vi por primera vez en aquella reunión de esa noche, me sentí fascinado e intrigado. Sus ojos azules, intrigantes, enigmáticos; su boca, ni grande ni chica; su piel, tan suave, tan blanca; su nariz perfilada, su cabello rubio y ondulado... Todo en él sacudió los cimientos de mi ser.
No es nada raro para mí apreciar la belleza de mi mismo sexo; de hecho, me parece natural y propio que un hombre aprecie la belleza de otro. Porque la misma belleza, sea de hombre o de mujer, no te enamora de inmediato; solo te prende, te genera curiosidad, te atrae como la oscuridad a la luz.
Solo te genera el deseo de poseerle como un todo. Poseerle y dejarle ir después, salvando su vida.
O extinguiéndola.
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