Gabriel se detuvo frente a la ventana de su pequeño apartamento en Buenos Aires. Observaba las luces de la ciudad reflejadas en el cristal, pero sus pensamientos estaban a miles de kilómetros de allí. Maracaibo, su tierra natal, lo llamaba en silencio, como lo hacía cada noche desde que la dejó hace ya nueve años.
Había llegado a Argentina con una maleta llena de sueños y las pocas pertenencias que cabían en ella. En Maracaibo había dejado no solo su hogar, sino también el aroma del lago al amanecer, las voces cálidas de su familia, y los sonidos de la gaita que llenaban las calles en diciembre. La vida en su tierra había sido complicada, pero siempre había un abrazo que lo sostenía y una sonrisa que lo alentaba.
El desarraigo fue como un agujero que se abrió bajo sus pies y lo absorbió lentamente. Al principio, se aferró a los sabores de su cocina: las arepas, el queso de mano, el plátano frito. Cada bocado era un puente hacia el pasado. Sin embargo, con el tiempo, se dio cuenta de que el sabor no era suficiente. Los recuerdos dolían, no porque fueran tristes, sino porque eran demasiado felices y ahora parecían tan lejanos.
Los años no habían borrado el acento meloso de su voz, pero sí habían añadido un tono melancólico. En Buenos Aires había logrado encontrar trabajo, amigos, y hasta algunos pequeños triunfos, pero siempre sentía que algo faltaba. Las calles de la ciudad, aunque vibrantes y llenas de vida, nunca resonaron igual que las avenidas llenas de framboyanes en su tierra natal.
Pero Gabriel también había aprendido algo en estos nueve años: el desarraigo no solo significa perder, también significa crear. Había descubierto una nueva pasión en la fotografía, usando su cámara para capturar fragmentos de vida que lo reconectaban con su esencia. Tomaba fotos de rostros, paisajes y momentos que le recordaban la calidez de Maracaibo, como si pudiera reconstruir su hogar en cada instantánea.
Una noche, mientras editaba una de sus fotos favoritas, una imagen de un niño jugando al fútbol bajo un árbol de jacarandá, se dio cuenta de algo poderoso: aunque Maracaibo seguía siendo su raíz, Buenos Aires había crecido en su corazón como una rama fuerte y vibrante. Entendió que su tierra natal no era solo un lugar físico, sino una parte indivisible de él, un eco que siempre lo acompañaría.
Esa noche, al cerrar los ojos, Gabriel no sintió nostalgia, sino gratitud. El desarraigo le había costado mucho, pero también le había enseñado a ver el mundo con los ojos de quien lleva consigo dos hogares: uno en los recuerdos y otro en el presente.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.