Llegados a este punto de la narración, a este descenso por la memoria, no puedo dejar de pensar, en aquellas primeras frases de una de las leyendas sorianas de Bécquer que comienza así:
“Herido va el ciervo…, herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte”.
Ya atardecía y caminamos unos detrás de otros, lo más sigilosamente que pudimos. A pesar de ello, la hierba seca crujía bajo nuestras pisadas infantiles. Y sí, cerca del cobertizo vimos una silueta de un niño delgado vestido con un traje de terciopelo oscuro. Recuerdo sus pantalones cortos y sus piernas muy blancas. Nos daba la espalda, pero al oírnos, se giró. Sus ojos eran inmensamente negros como de petróleo y sin decir nada, abrió la puerta del cobertizo y se metió en el interior.