Carlota, Margareth y Emiliana, no precisan un conector por ello van y toman una mini mesa que ocupaba un pequeño lugar en el centro del local, una mini mesa donde apenas entraban los tres helados que están comiendo. A pesar de que en el lugar se encuentra mucha gente están a gusto, compartiendo y olvidando la triste vida que llevan. Carlota, la más joven del grupo, comprensiva, amable y respetuosa. Su experiencia en la vida la llevó a ser una chica ideal con quien tener una charla agradable. Margareth, un poco mayor que Carlota, mente clara y con una nula mundología, curiosa en la vida que hace de ella una oyente perfecta. La mayor, Emiliana, fuente de inspiración, solo habla de conversaciones cultas e inteligente y, a la vez ese oído atento y respetuoso que todos necesitamos en nuestra vida.
Las tres chicas se encuentran hablando sobre diversos temas de conversaciones.
–Bueno, confieso que me encantaría conocer a alguien con quien compartir mi vida –dice Emiliana.
–Las relaciones son difíciles, al menos para mi. Pero a mi también me gustaría conocer a ese alguien especial –Argumenta Carlota
–¡Y a mi! –Exclama Margareth
–En estos días he pensado mucho en como debería ser mi compañero ideal. Siempre me e preguntado que cualidades debe tener. Quisiera que fuera comprensivo, divertido, atento, culto y atractivo. Que me haga sentir viva y amada, con quien pueda compartir lo bueno y lo malo –dice emocionada Margareth
–Eso es un milagro –responde Carlota
Cuatro meses después Margareth entra a una pequeña librería de la ciudad, entra muy emocionada y ciega por todos esos libros que estaban ahí. Tropieza con una silla e intenta sujetarse para no caer al suelo. El pánico se apodera de ella, siente que unos brazos fuertes la sujetan, al voltear ve que se trata de un chico, su salvador. Unos ojos hermosos, su piel blanca como la coca.
–Debería tener cuidado donde pisa –Le dice el chico con voz burlona
¿Quién dice que los milagros no existen? Yo pienso que si, solo tenemos que creer en ellos.