Hace ya mucho tiempo existió un reino, del cual ya no se recuerda su ubicación, que fue protagonista de la leyenda de la princesa encantada.
La capital del reino se situaba en un valle fértil rodeada de bosques que albergaban una fauna abundante. El valle era surcado por un tranquilo, pero caudaloso rio que regaba campos y proveía de agua tanto a la capital como a varias de las aldeas cercanas. Más allá de los bosques se levantaban unas montañas que protegían de los vientos al valle y que a la vez representaban una frontera y una protección natural contra las invasiones de reinos hostiles.
Era un reino prospero y pacífico en el cual sus habitantes disfrutaban de una vida placida ocupados por sus quehaceres laborales y sus vidas familiares. En ese rincón apacible, la sociedad se encontraba cómoda en sus rutinas. La paz en el reino imperaba y los pobladores vivían felices desde hacía generaciones. Todo allí tenía su orden y su tiempo.
La familia era la célula principal de la organización social. Los esposos repartían sus tareas y compartían los esfuerzos para tener un hogar en el que criar a sus hijos en un entorno agradable y sin necesidades. La llegada de la prole no era algo aleatorio, sino fruto de la planeación y el consenso de los progenitores. El objetivo era criar a sus hijos con el propósito de que las vidas de estos fueran de mayor éxito y abundancia que la de ellos mismos. Podían llegar tiempos de abundancia o carestía, pero con la importancia que daban a la educación y a las relaciones, toda la familia se unía para pasar por esos momentos sin sobresaltos ni tensiones. Era tal la importancia de la armonía en la casa, que ese era un mérito que daba prestigio al apellido familiar.
Los nacimientos eran un momento de especial alborozo familiar y vecinal. Durante los primeros meses, los bebés suscitaban la atención de niños y mayores. Luego, en la época de sus primeros pasos, siempre tenían un hermanito, abuelito o perrito para hacerles compañía, cuando la atención de los padres no era posible. Crecían entre juegos y nuevas experiencias, conocían a los otros niños de su edad y empezaban así sus relaciones fuera del ámbito familiar. A los pocos años, ya en la escuela, aprendían no solo las bases de la escritura y la aritmética, sino las formas adecuadas para la convivencia con sus congéneres y con la naturaleza. Allí se creaban sus primeras amistades.
El abandono de la infancia para entrar en la adolescencia se hacía con el descubrimiento del sexo opuesto. A la vez que profundizaban en sus estudios, asumían nuevas tareas en la vida familiar y también sufrían las dulces tormentas de los primeros amores.
Se llegaba a la juventud tras abandonar la escuela. Las relaciones se iban formalizando, tanto las laborales como las familiares, lo que daba paso a la incorporación definitiva al mundo de los adultos.
En aquel reino las bodas siempre eran un gran acontecimiento. En ellas dos jóvenes prometían quererse, ayudarse y respetarse por el resto de sus días; Este era el punto en el que el ciclo de la vida volvía a iniciarse.
Nuestra historia empieza en un hermoso día de primavera. Era una mañana fresca y brillante en el gran valle central del reino. La capital amanecía en calma pero engalanada como en las más grandes ocasiones. No era para menos, pues se había anunciado el histórico momento en que la hija primogénita del rey iba a elegir y a prometerse con el futuro príncipe. El procedimiento era una antigua tradición, que a pesar de repetirse en todos los casos, nunca dejaba de ser uno de los mayores acontecimientos festivos y sociales, esperado y festejado por todos y cada uno de los habitantes del reino.
El hecho se producía del siguiente modo. Se organizaba toda una semana de eventos durante la cual, todos los asuntos de estado, judiciales o laborales eran aplazados. Dichos eventos eran muy variados. Había ferias agrícolas y ganaderas, muestras artesanales, concursos de cocina, juegos infantiles y familiares, competiciones deportivas, conciertos, representaciones de teatro, lecturas tanto de poesía como de prosa y noches de grandes bailes populares. Todos los habitantes del reino estaban invitados a participar en los eventos y, efectivamente, así lo hacían desde el más chico al más anciano. Pero en este festival de artes y oficios los jóvenes representaban el papel principal. Ellos hacían gala de sus habilidades ante el público de cada evento en el que participaban y entre estos espectadores se encontraba la princesa, que veía, admiraba y examinaba a atléticos deportistas, alegres bailarines, rebeldes músicos, atormentados poetas, fornidos agricultores, risueños ganaderos, hábiles artesanos, etc.
(Continuará)
Fuente de imagen: http://www.buycostumes.com/p/810126/joan-of-arc-adult-costume
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