«Donde acaba el deseo comienza el temor.»
— Baltasar Gracián
EL VIOLADOR DEL VINILO
Un anuncio del diario local estremeció a los pobladores de Vicencia. Un violador atacó a dos chicas por el camino de la cuesta «El Vinilo». Las víctimas acudieron a la comisaría municipal para dar su declaración.
La primera; Rosa Ovalles, de 22 años, transitaba por la cuesta en bicicleta camino a casa a las 10:45 pm, cuando de repente un sujeto de aspecto andrajoso, delgado y muy alto, la sorprendió en el camino intentando someterla. Afortunadamente la joven logró escapar, llevándose solo unos rasguños en los hombros.
La segunda chica; Ana María Rosales, de 19 años, circulaba por el mismo lugar la noche siguiente a las 10:05 pm; sin embargo, a diferencia de Rosa Ovalles, ella no tuvo la suerte de escapar.
Ambas señoritas concordaron con la descripción física del agresor, con otro detalle agregado por la señorita Ovalles: el violador expedía un aroma repulsivo a mugre y hierba quemada, tratándose quizás de un drogadicto indigente.
La policía, después de la información recabada, comenzó una búsqueda exhaustiva por los alrededores de la zona dedicándose más que todo a los pequeños sectores contiguos, pero sin resultados satisfactorios.
El caso llegó a oídos de mi amigo Sandro Olivares; un estudiante de criminología con una capacidad deductiva impresionante. Se interesó por el caso como todo aficionado a los enigmas, y decidió resolverlo por su cuenta encerrándose en el gran estudio de la pensión donde se alojaba con toda la información recabada.
Al día siguiente, a las 5:00 am, Sandro tocó a mi puerta aseverando que sabía dónde encontrar al violador.
— ¡La policía busca mal! —Exclamó— ¡Deben adentrarse en la parte más inhóspita de la zona de los hechos! —Pasé inmediatamente la información a mi padre; quien era el inspector encargado del caso y además confiaba mucho en la enorme habilidad deductiva de Sandro.
Mi padre, junto a un grupo de búsqueda, se adentró en la parte más espesa a un lado de la cuesta. Allí había una pequeña casa de hojalatas, donde yacía el cuerpo de un hombre alto y delgado, con una jeringa incrustada en su antebrazo izquierdo.
FIN
Nota del autor
Esta no es mi participación al concurso de microcuentos policiales: Los crímenes en la calle Morgue, en honor a Edgard Allan Poe, de la comunidad #Literatos en el que soy jurado, pero como todo aficionado a la literatura policial me animé a crear mi propio relato; de acuerdo a las bases estipuladas en el lanzamiento del concurso. Es una tarea difícil pero ¡me encanta!, ya que incentiva al desarrollo de la escritura creativa y narrativa del autor. Les deseo mucha suerte a todos los participantes y que sigan fluyendo cuentos tan buenos y creativos como hasta ahora.
Escrito por
@universoperdido. 22 de Enero del 2021
La foto de portada es de mi propiedad, tomada con un celular moto e4 y editada con PhotoScape y Snapseed.
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