«El envidioso puede morir, pero la envidia nunca».
— Molière
EL ESPEJO INVISIBLE
Hace dos años, cinco meses, tres semanas, veinticinco días, nueve horas, veintiséis minutos y cuarenta y ocho segundos que ocurrió la desaparición física de Laura, pero esto no es más que un insulto a mi conciencia; un extremismo por el cual se emplean mecanismos para hacerme creer que ella ha muerto. Varias noches he sentido la respiración de Laura jadeando sobre mi cuello, como una brisa fría y temerosa, que acude fervientemente a mí.
Siento que todo el enigma se origina en mi habitación, la que una vez compartimos, pero ahora es un refugio de turbaciones que se agitan como tinieblas rindiéndose a la tempestad. Cuando percibo aunque sea un vestigio del horror que me causa ese cuarto, corro despavorido, con las manos al aire rezando las plegarias más expresivas de mi fe.
Mantengo la habitación con llave, pero inocuamente la destapo; como si una fuerza intransigente y cruel manipulara mi inconsciente, colocándome así mismo sobre el pie de la cama cual títere, mirando fijamente al marco de la peinadora donde se supone que va un espejo. Dicho cristal, se rompió en mil pedazos, al instante en que Laura exhaló su último aliento. Una concordancia fantástica, para no decir infernal, quien sabe que conexión tendrían el reflejo y su proyectado.
Hube de llenarme de valor para levantar el misterio, pues sentía que Laura no había abandonado por completo las cadenas de este mundo. Convoqué al padre Fernando, que además de ser el único que podía ayudarme era la persona en quien más confiaba. Le mostré la habitación; lo exhorté a que pasara, y éste con solo dar unos pasos sintió una pesadez que lo desvanecía e hizo con fuerza cruel desfallecerlo sobre la cama.
Tomé unos inciensos de olor a canela con jazmín, los pasé encendidos sobre su nariz, y después de unos segundos conseguí que despertara. Estaba aún atontado, no por el incienso si no por el repentino desmayo que sufrió. Luego miró la peinadora, con los ojos desorbitados y furiosos, como si estuviese enfrentando al mismísimo Lucifer.
— ¡Hay una pesada energía que emana de ese espejo! —Dijo el sacerdote señalando el marco de la peinadora.
—Pero padre, no hay ningún espejo allí. —Le aseguré señalándole con las dos manos abiertas, sudadas y temblorosas.
— ¡Cómo! ¿No puedes verlo? —Reclamó— ¡Pero si está justo ahí! ¡Puedo ver cómo nos reflejamos!
No pensé en ningún momento que el cura estuviera demente, puesto que yo siempre percibía el pavor sobrenatural que aquel marco de madera emanaba, sin embargo, sentía una gran frustración, de no poder ver lo que el padre Fernando vislumbraba, hubiera escudriñado un poco más para saber si todo es por causa de Laura.
El sacerdote y yo nos quedamos parados e inertes observando hacia la misma dirección; él, contemplaba a un paranormal espejo, y yo, solo un marco de madera donde se supone que debería estar un espejo. Nuestro asombro y discrepancia se entrelazaban con un solo temor; atestado por la misma racionalidad de que estábamos siendo acechados por una fuerza del más allá.
Después de unos segundos de silencio sepulcral, nuestros rostros se alargaron con un horror exacerbado. Una figura, blancuzca y fluorescente, comenzó a brotar de una energía quimérica. Empezó como un fragmento glutinoso e informe, y luego se extendió en varias partes desde un núcleo, dando forma a extremidades. Estas se configuraron dándole estructura a una efigie humana; luminosa y fantasmagórica, con figura de mujer.
El padre Fernando, impactado por tal portento, sacó su cruz de madera de su hábito, evocando plegarias con la voz trémula y los ojos abiertos hasta su límite. Yo, en cambio, miraba con sorpresa la forma de aquel espectro, y lo asimilé a la imagen de Laura, quien extendía sus brazos queriendo tocarme. Quedé en un estado de trance e intenté acercarme a ella, di dos pasos de finura olvidando el miedo y la inseguridad. Por poco logramos tocarnos, pero el cura nos detuvo; lanzando un conjuro sagrado que creó un vórtice en la pared.
Laura volvió al torbellino, emitiendo un alarido espectral, y fue cuando mi cordura volvió a mí destellando sobre mis ojos. El sacerdote tomó mi brazo, haciéndome mirarlo fijamente.
—¡Debes calmarte, hijo! —Exclamó—Entre más sucumbas al anhelo más difícil será cerrar ese portal. —Y fue en ese momento, cuando una tormenta que cubría la habitación se hizo más densa. Todo se esclareció, y ambos caímos aturdidos al suelo. Después de ese día, el padre Fernando quiso intentar de nuevo enfrentar esa energía paranormal, y le di mi autorización; pero, emergía desde mis entrañas la necesidad de no hacerlo. Sentía, que mi oportunidad de reencontrarme con Laura se encontraba en ese espejo sobrenatural. No puedo permitirlo. ¡No! ¡No dejaré que ese cura impertinente me quite la oportunidad de estar de nuevo con mi esposa!
FIN
Escrito por
@universoperdido. 29 de Enero del 2021
La foto de portada es de mi propiedad, tomada con un celular moto e4 y editada con PhotoScape y Snapseed.
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