Aunque algunas veces recordar algo supone grandes lágrimas, hay otras en que no necesariamente es así. Lo importante es definir realmente de qué van esas lágrimas: de tristeza o alegría, porque incluso en lo malo hay algo bueno y en lo bueno algo malo. Por ejemplo, esa primera vez mis ojos se llenan de lágrimas y medias sonrisas. Mientras, la última vez, sólo había mucho dolor y lágrimas amargas. Quizá este texto debería llamarse lagrimas con sabor a fresa.
Una chica y un chico, apenas uniformados: él usaba camisa beige y ella camisa azul. Como cualquier otro día, no esperaban tropezarse con nadie, pero lo hacen y de qué manera.
Como todos los días reviso mi Facebook. Una vez más, empiezo a cerrar conversaciones que no tengo motivos para seguir, pero acepto solicitudes que tampoco tendría porqué aceptar. Los minutos pasan volando, no sé cuánto tiempo pasa pero ya hay un par de preguntas y respuestas en un chat cualquiera.
Lo que comienza siempre de manera inesperada es tan bueno como malo, pero siempre es de mis cosas favoritas. Ese chat representaba un caos porque, para comenzar, mi timidez no me permite ponerme a conversar -así sea virtualmente- con un desconocido.
- Vas al liceo ¿no? te he visto pasar un par de veces
- Sí, no sé quién eres - Mi corazón se acelera por la honestidad de su pregunta y por el miedo a estar ante un posible psicópata.
- Yo estoy en 4to año. Cuando te vea, me acerco y me presento.
- Buenísimo - Mi cabeza no deja de pensar que lo que no debo nunca escribirle a un desconocido es “buenísimo.”
De nuevo, y después de un corto receso, cuando ya han pasado más de tres horas seguimos chateando, pero esta vez por celular -es una timidez contradictoria la que me agobia-. Continuamos charlando como dos desconocidos, pero ya no éramos cualquiera.
Así transcurre gran parte de la noche. Sin duda un gran susto para mí, pero de eso se trata la vida: de pasar sustos. O eso creo en un principio.
Sinceramente también me gusta ver la vida como otro desconocido, pero uno con el que tenemos que convivir e igualmente quedamos expuestos a que nos haga el mayor de los daños, o a que nos presente el arcoíris. Es algo que se decide mientras la vives.
Llegó el día en que tenía que ir a aquel lugar que tenía un gran portón azul en toda su fachada y seguidamente en la parte superior tiene una malla, algo así como para generar más protección. Decido entrar apenas llego y en efecto lo hago. Me reencuentro con todas mis amigas y nos sentamos en un salón del segundo piso. Haciendo valer mi perfecta adicción, voy con ellas a comprar un refresco y al llegar al portón, tuvimos que esperar a la portera. Se escucharon ruidos afuera: parecían tener rato esperando para entrar, pero por fin abren y apenas hacen un intento por salir, un muchacho intenta entrar. Así precisamente eran nuestras vidas: contrarias.
Su cara empieza a reflejar una pequeña satisfacción acompañada de una sonrisa y un “hola, reina”, decido ignorar y continuar con mi salida. Cinco minutos después al regresar me lo cruzo como 5 veces. Y al día siguiente también. Y al otro. Después de una semana y repetidos mensajes de “¿por qué no me saludas?”, creo que es el momento de dejar de ignorarlo.
Realmente, a veces uno no decide que hace y que no, o cuando lo hace, sino simplemente se deja llevar por sus sentimientos. Es esto realmente malo, porque cuando lo decides, le abres paso a tu conciencia quien junto con tus emociones te llevarán justo a donde no debes o quizás, por el contrario, te lleve a donde quieres. Pero más allá de cuál sea el resultado, lo relevante es si el proceso para ello valió la pena.
-Hola vale – Por fin hablo y podría contar las veces que he repetido estas palabras en mi vida, pero no puedo medir el tiempo récord en el que escupí esas palabras, mientras corría sin esperar respuesta. No ignorar, pero sí huir; era mi nueva estrategia implementada en cuestión de segundos.
Empecé a relajarme un poco por la costumbre de verlo y de saludarlo. Después me acostumbre a la risa de su mejor amigo, que al verme siempre tenía la misma expresión de alegría. Seguidamente me acostumbré a sus mensajes y a su “Pero acércate Dani, mis amigos son panas. Igual vas hablar es conmigo”.
Las costumbres son parte de nuestras desgracias: son aquellas cosas que en un momento te elevan hasta la cima para que puedas ver el cartel de advertencia que hay en él. Irónico porque el proceso para acostumbrarse es asombroso y lleno de gracia, pero el de vuelta es el mismo camino multiplicado por una cantidad que ni siquiera podríamos leer, acompañado de… nada ni nadie.
Empezamos a conversar todos los días personalmente. Nuestros amigos empezaron a cruzarse y a familiarizarse. Sin darnos cuenta ya compartimos emociones y éramos parte de nuestra cotidianidad. Los caminos se tienen que cruzar con los de otros y nosotros nos habíamos escogido para transitar uno solo.