En el momento en que Dios creó el Universo concertó las leyes que lo sustentan bajo un equilibrio tan perfecto como el mismo Creador. Así fue hasta que dio origen a su producto final y más elaborado: el ser humano. Como hijos legítimos del Altísimo, heredamos su carácter de autonomía al concedernos el libre albedrio y es desde aquí donde parto para decir que las cosas eran perfectas hasta que aparecimos nosotros.
Este libre albedrío que nuestro Padre y Señor nos concedió, nos dotó del poder para tomar decisiones independientemente de seguir sus paradigmas o seguir otro camino, y vaya que nos hemos desviado en un sinfín de oportunidades. Lo cierto es que cada vez que torcemos el camino que Dios nos siembra para llevar una vida digna infligimos esas leyes de las que hablé al principio de este artículo, creando un desequilibrio que, la naturaleza en su intento de restaurarlo, deviene en acontecimientos negativos de toda índole, y aun así tenemos la irresponsabilidad y desfachatez de alegar que “se hizo la voluntad de Dios”.
Siendo Dios nuestro Padre, el más responsable y recto de todos, no puede permitir que nosotros, en nuestro libre albedrio, hagamos lo que nos venga en gana, pagando Él “los platos rotos”, exonerándonos de nuestras culpas; eso sería un acto inconsciente de alcahuetería que no traería nada positivo para nuestro desarrollo integral en nuestro proceso evolutivo. Es por eso que Dios creó las leyes universales que se encargan de restablecer el equilibrio castigando los malos actos que lo alteran.
A todas estas, siendo el Señor nuestro Padre, el mejor que existe, solo puede desear lo mejor para nosotros y para toda su creación, por lo que solo puede producir cosas buenas: cada vez que nosotros hacemos el bien estamos reproduciendo la verdadera ”voluntad de Dios” y de esta forma “Santificamos su Nombre”.
De manera que la segunda estrofa del Padre Nuestro solo puede ser entendida cuando concientizamos la doble connotación del término ”Santificar”, que es el otorgamiento de poder y la voluntad de obrar con la benevolencia que Dios lo hace. Al decir ”Santificado Sea tu Nombre” lo que estamos es pidiendo que el bien se haga, dando por asentado que es el Altísimo el que obra, que cuando las personas hacemos el bien estamos sirviendo como herramientas de Dios.
El ”otorgamiento de poder” al que me refiero tiene que ver con la declaración metafísica que conlleva a brindar de un poder inconmensurable al nombre de Dios cuando lo santificamos. Desde el contexto metafísico existe lo que se llama *”el decreto”, que produce un efecto en el mundo real (físico). Al decretar la frase ”Santificado Sea tu Nombre” es equivalente a cargar un arma, sabiendo que si está descargada es inútil: el nombre de Dios adquiere poder cuando es santificado así como el arma cuando es cargada.
Citaré a continuación una experiencia de la vida real que me sucedió y que me ayudó a entender de qué se trata lo anteriormente expuesto. Un día me encontraba yo sentado sobre la grama de un balneario público en medio de una fuerte brisa playera y se me ocurrió sacar el total de mi dinero que guardaba en el bolsillo de mi pantalón, sin recordar que una parte de éste, nada menos que los pasajes de vuelta a casa, estaba suelto en montoncitos; al intentar sacarlo salieron volando varios billetes con la velocidad vertiginosa de la brisa. En fracciones de segundo, sin darme tiempo a pensar en el poder metafísico del decreto ni más nada que me pudiera pasar por la mente, solo se me ocurrió gritar instintivamente (como un acto reflejo) la palabra ”Dios” y un milagro aconteció: todos los billetes quedaron clavados en la grama dándome tiempo a poder recuperarlos todos (alrededor de siete billetes), sin que ninguno se perdiera. La rapidez con que se pronuncia la palabra ”Dios”, que se hace mágica cuando la santificamos, me ha salvado de varias contingencias que me han acontecido en momentos en que la inmediatez se hace imprescindible.
Cuando el maestro, Jesús de Nazaret, incluyó esta cláusula dentro de esta oración universal, expuso la importancia de mantener en conciencia que nuestro Padre solo obra para bien y que nosotros debemos seguir ese ejemplo; además, nos puso en nuestras manos una herramienta poderosísima para revertir un posible mal que pudiese acontecer o para desear que algo bueno se produzca, con tan solo pronunciar la palabra ”Dios” al comienzo del decreto, ante un deseo benevolente.