Rendirse jamás no significa no sentir

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¡Hola querida comunidad de Encuentro de Talentos!

Hoy me sumo a esta iniciativa con el corazón abierto y la necesidad sincera de desahogar una reflexión que ha estado dando vueltas en mi mente estos últimos días. Cuando escuchamos la frase "Rendirse jamás", inmediamente imaginamos a alguien erguido, fuerte, sonriente y dispuesto a comerse el mundo sin importar la tormenta que tenga enfrente. Pero hoy quiero invitarlos a mirar esa frase desde otra perspectiva, una más humana, más real y libre de perfeccionismos.

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El mejor ejemplo de persistencia, perspicacia y la trampa de la normalización: el venezolano.

Los venezolanos llevamos la resiliencia tatuada en el alma. Nos reconocemos por nuestra perspicacia para resolver, nuestra empatía infinita con el vecino y una persistencia inquebrantable que nos hace levantarnos una y otra vez. Sin embargo, en medio de esa capacidad casi superheroica de adaptarnos a todo, siento que hemos caído en una trampa silenciosa: hemos normalizado el cansancio y el dolor.

Llega un punto en el que nos acostumbramos a lidiar con la incertidumbre, con las ausencias y con las cargas diarias a tal nivel, que dejamos de cuestionar el peso que sostenemos sobre los hombros. Nos pusimos la armadura de "aquí no pasa nada" o "seguimos adelante" de forma tan automática que, sin darnos cuenta, anestesiamos nuestras propias emociones. Nos acostumbramos a resistir, pero esa resistencia no siempre es la misma que vivir con plenitud.

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Una conversación con mi mamá: La gratitud no anula la tristeza

Ayer justo conversaba sobre esto con mi mamá en casa. Hablábamos de ese coraje silencioso que nos toca asumir cada día; por ejemplo, el de una madre o un padre que, ganando un sueldo mínimo, saca adelante a varios niños en edad escolar. También reflexionamos sobre esa culpa invisible que nos embarga cuando nos sentimos tristes, como si no tuviéramos permitido detenernos a sentir.

En nuestra conversación reflexionábamos sobre nuestra realidad: afortunadamente jamás nos ha faltado salud, trabajo, comida, ni un hogar donde resguardarnos. Cuando miramos a nuestro alrededor, no podemos ponernos una venda sobre los ojos, porque sabemos muy bien que hay personas atravesando situaciones verdaderamente devastadoras; personas en los hospitales batallando por su vida, familias que lo perdieron todo por desastres como los sismos o que se quedaron sin seres queridos.

Sin embargo, mi mamá y yo llegamos a una conclusión sanadora: reconocer nuestros privilegios y ser profundamente agradecidos no significa que tengamos prohibido sentir dolor. Nos han enseñado socialmente que debemos comparar el sufrimiento, a decirnos frases como no te quejes, hay gente peor; y con eso terminamos invalidando lo que sentimos. Pero la verdad es que uno también tiene derecho a sentirse mal, a estar triste, a tener momentos grises y a no estar motivado ni feliz, el cien por ciento del tiempo. Validar nuestra tristeza no nos hace ingratos, ni débiles, nos hace humanos.

Resignificando el término "Rendirse jamás"

Si algo he aprendido en este camino de evolución, es que la verdadera fortaleza no consiste en ocultar nuestras lágrimas, ni en sostener una positividad tóxica cuando el alma nos pide a gritos un respiro. "Rendirse jamás" no es caminar a ciegas y sin descanso hasta colapsar. Para mí, hoy se traduce en tres actos de profundo amor propio:

  1. Habitar la pausa sin culpa: Llorar si es necesario, soltar las cargas que no nos corresponden y aceptar que está bien no tener todas las respuestas hoy. Mañana amanecerá de nuevo y con el sol llegará otra oportunidad para sanar, recuperar la vitalidad y avanzar.

  1. Honrar tu propia historia: Dejar de medir tus procesos con la regla de los demás. Tus batallas invisibles, por pequeñas que le parezcan al mundo, también duelen, también importan y son válidas.

  2. Hacer de la vulnerabilidad tu mayor escudo: Comprender que bajar los brazos para descansar un día jamás será sinónimo de derrota. Es, en realidad, una pausa sagrada para tomar impulso y renacer con más honestidad, paz y compasión hacia una misma.

Querida comunidad ¿Sienten que a veces hemos normalizado demasiado el resistir y nos cuesta darnos permiso para estar tristes?

Hello, dear Encuentro de Talentos community!

Today, I join this initiative with an open heart and a sincere need to share a reflection that has been weighing on my mind these past few days. When we hear the phrase "Never give up," we immediately picture someone standing tall, strong, and smiling—ready to take on the world, no matter the storm ahead. But today, I want to invite you to look at that phrase from a different perspective: one that is more human, more real, and free from the pressure of perfectionism.

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The ultimate example of persistence, resourcefulness, and the trap of normalization? The Venezuelan people.

We Venezuelans carry resilience tattooed on our souls. We are known for our resourcefulness in finding solutions, our boundless empathy for our neighbors, and an unwavering persistence that helps us get back up time and time again. Yet, amidst this almost superhero-like ability to adapt to anything, I feel we have fallen into a silent trap: we have normalized exhaustion and pain.

There comes a point where we become so accustomed to dealing with uncertainty, absence, and daily burdens that we stop questioning the weight we carry on our shoulders. We donned the "nothing is wrong" or "we keep moving forward" armor so automatically that, without realizing it, we numbed our own emotions. We grew used to enduring, but endurance is not always the same as living life to the fullest.

A Conversation with My Mom: Gratitude Doesn't Cancel Out Sadness

Just yesterday, I was talking about this with my mom at home. We discussed the quiet resilience we are called upon to show every day—like that of a mother or father earning minimum wage while raising several school-aged children. We also reflected on the invisible guilt that washes over us when we feel sad, as if we aren't allowed to pause and simply feel our emotions.

Our conversation led us to reflect on our own reality: fortunately, we have never lacked health, work, food, or a safe home. When we look around, we cannot turn a blind eye, because we know full well that there are people facing truly devastating situations—people in hospitals fighting for their lives, or families who have lost everything to disasters like earthquakes or have lost loved ones.

Yet, my mom and I reached a healing conclusion: acknowledging our privileges and feeling deeply grateful does not mean we are forbidden from feeling pain. Society teaches us to compare suffering—to tell ourselves things like "don't complain, there are people worse off"—and in doing so, we end up invalidating our own feelings. But the truth is, we have every right to feel bad, to be sad, to have "gray" days, and not to feel motivated or happy one hundred percent of the time. Validating our sadness doesn't make us ungrateful or weak; it makes us human.

Redefining "Never Give Up"

If I have learned anything on this journey of growth, it is that true strength lies neither in hiding our tears nor in maintaining a toxic positivity when our souls are crying out for a breather. "Never giving up" does not mean marching blindly and ceaselessly until we collapse. For me, today it translates into three acts of profound self-love:

  • Embracing the pause without guilt: Crying if necessary, letting go of burdens that aren't ours to carry, and accepting that it is okay not to have all the answers today. Tomorrow the sun will rise again, and with it will come another chance to heal, regain vitality, and move forward.

  • Honoring your own story: Stop measuring your journey against other people's standards. Your invisible battles—no matter how small they may seem to the world—hurt, matter, and are valid.

  • Turning vulnerability into your greatest shield: Understanding that lowering your guard to rest for a day is never synonymous with defeat. It is, in fact, a sacred pause to gather momentum and be reborn with greater honesty, peace, and self-compassion.

Dear community, do you feel that we have sometimes normalized "pushing through" too much, making it hard for us to give ourselves permission to be sad?

Rendirse jamás no significa no sentir | Ecency