Ya no hay guerra.
Los ciervos descansan en la colina,
el humo asoma sus hebras
-tan sobrias como un corazón
borracho de oxígeno-,
entre partículas de universal silencio.
Lejos del dinero escondido en
las torres más altas,
allá donde nada está oculto a la vista,
un copo de nieve se ríe,
el siguiente, el último
y el primero, y
no tengo ganas de mirar hacia otro lado
en el que no esté,
solamente conmigo,
ese solo azul.
Fotografía propia.