Hay días, y suelen ser varios seguidos, en los que no sabes qué escribir. Ni siquiera te apetece, tienes la cabeza saturada de tanto estímulo vacío, de tanta historia igual a la de siempre, una maraña la habita y no te permite explicar cómo es el tiempo muerto que reconcilia con nada, pues no existe en esos momentos nada que moleste al pensamiento lento que sale del cigarrillo.
Imposible buscar letras, están con la canción que hace mucho que no suena de repente, sin avisar de su llegada, y que te sube a la alfombra que vuela, y que te hace frotar la lámpara, y que te dice, de aquella forma que sólo conocen las gatas, con un hilo de voz que les sale del alto corazón del bajo vientre, que nunca se habían ido.
Hay días en los que es imposible contar qué se siente al abrir los ojos entre dos mundos, cuando despiertas y aún no sabes quién eres, qué haces, qué nombre te pusieron, qué número de serie llevas en el brazo, qué código define tu imagen. Cuando te reconforta recordar que aún no te compraron del todo, así que hace frío al salir de la cama, y luego también, y hay que lavar ropa, aunque tampoco apetezca. Y, más tarde, encontrar el tiempo muerto entre dos mundos, para perseguir palabras.
Imagen propia.