Mi gato es como John Wayne, pero en civilizado, sólo saca pecho si viene el Rubio a maullar cerca de la ventana, aunque no le hace falta enfadarse mucho para recuperar su espacio; es como John Wayne caminando, marca el paso más de un lado que del opuesto, sus caderas bailan en compás sincrético entre una rótula y la otra, llegando a un acuerdo luminoso de color rosa fosforito mezclado con piel de cielo.
Las gatas lo quieren porque es cariñoso y educado, les deja comer primero, mientras vigila la esquina por si llegara un auto con malas intenciones.
Piensa mucho, yo creo que tiene más de mil vidas del Egipto de los faraones, sus rayas son un caótico espacio que va de la nariz a la punta de la cola, que es cortita, un latiguillo capaz de comenzar un mundo nuevo, si llegara el caso.
Alguien se divirtió disparándole con una escopeta de perdigones, un balín de plomo del tamaño de un centauro ciego de los mares inferiores le quitó el veterinario de la pierna izquierda, por eso es ahora más chulo que un ocho, más elegante que antes, es el John Wayne de los gatos.