Estoy mirando el techo y pensando en la felicidad, o mejor dicho, solo sintiéndola, disfrutando. Muchos la persiguen y se vuelven locos en esa búsqueda. Yo, en cambio, sé que soy feliz hoy, ahora, en este momento y sé que es esquiva, así que solo me quedo mirando el techo y trato de no mover un músculo, para que el sentimiento dure lo más posible. Extrañamente, esta sensación comenzó de una manera muy diferente en la mañana, cuando ella me gritó desde el baño. Estaba furiosa. Había usado el espejo para ver su pequeño tatuaje en la nuca y no lo había encontrado. En el lugar del diminuto corazoncito negro, casi siempre cubierto por su maravilloso cabello, se notaba apenas una leve coloración borrosa de la piel, un poco más oscura en ese lugar. Se había hecho ese tatuaje dos años atrás y decía que aunque no se viera, la hacía sentir sexy. Para mi, en cambio, que ya sabía que ella era sexy de nacimiento, el corazoncito se había convertido en algo a lo que quería volver todas las noches. Era mi lugar, mi paraíso, mi fetiche, un pequeño sitio escondido en el mundo, un lugar al que sólo yo tenía acceso, y que besaba todas las noches mientras disfrutaba del aroma de su cabello. Ella se quejaba porque le hacía cosquillas con mis labios... y con mis manos, y no entendía tampoco cómo una persona pudiera tener tantas manos. Así el tatuaje fue desapareciendo. Aunque parezca increíble, lo borré con mis labios, con mis besos.