La nave, procedente de la Tierra, comenzó a despegar de Eris después de obtener una muestra de su océano interior, había viajado durante millones de kilómetros con ese único propósito, se quería verificar la existencia de vida en ese planeta enano que se encontraba más allá de Neptuno, más concretamente en el Cinturón de Kuiper. La misión tardó años en llegar a Eris, además estaba considerada de alto riesgo, no solo por la gran distancia, sino también por la perforación que se tuvo que hacer de la capa de hielo, de varios kilómetros de profundidad.
El viaje de vuelta también duraría años, en todo ese trayecto Nat permaneció en hibernación, en prevención por un ambiente que para él era hostil, fue ajeno a todo lo que estaba sucediendo. Ese pequeño ser estaba viajando, como nunca antes nadie había hecho, por todo el sistema solar, para llegar a un planeta que se encontraba cerca del Sol, la Tierra. Planeta éste invadido por grandes simios destructores de vida por allá por donde asomaban sus gordas cabezas huecas.
La nave aterrizó con éxito en el planeta Tierra, allí lo esperaba con ansias un equipo de investigación que era el encargado de recibir la muestra de agua procedente de Eris para un detallado análisis.
La noticia transcendió rápidamente por todos lados, se habían encontrado formas de vida en un planeta enano que se encontraba muy alejado de la Tierra, tanto que tardarían años en poder volver y conocer algo más acerca de él. Pero lo que si estaba claro ahora es que la vida estaba presente en muchos sitios de nuestra galaxia y que era más frecuente de lo que muchos habían pronosticado.
Nat se convirtió en un conejillo de indias para los enormes simios, que lo estudiaban en profundidad y de forma meticulosa, para poder de esta manera, conocer más otros futuros mundos por destruir.
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