Me conocían como ese tipo duro, que a nadie le agradaba. Me temían, porque pensaban que era agresivo. Siempre me veían malhumorado, o lo que ellos creen que es malhumorado. Es curioso que es una personalidad que me precede, pero no es la verdad de lo que soy.
Los prejuicios son mas hirientes que el cuchillo más filoso, porque te hacen daño sin siquiera tocarte. Y este ha sido mi caso, no se si es por mi origen, mi color de piel, o porque sencillamente no comparto sus intereses, pero no lo sabrán, porque no se han dedicado a conocerme.
Estoy aquí porque tengo el deseo de superarme también. Quiero romper el molde familiar que nos ha venido azotando durante tanto tiempo. Ellos no tienen un molde que romper, pero quizá la tienen más difícil, porque tienen uno que mantener.
Me juzgan por lo que tengo, y no por lo que soy, pero en el fondo, muy pero muy adentro, los comprendo, o intento hacerlo, porque ellos no han aprendido nada distinto, solo valorar lo material y olvidar lo espiritual.
Me rechazan, pero sigo mi camino, lo que me sigue hiriendo es que creen sandeces de mi, como si fuera un alíen, o un animal, que ellos pueden humillar y no lo entenderían, pero soy un ser humano que siente, padece, y que logrará cosas.
Ni hablar del nuevo mundo y sus retorcidas ideas, que intentan venderme como un producto alzando la bandera de la tolerancia, pero no les importa en lo absoluto lo que yo piense al respecto. No me interesa que me den un trato especial por ser como soy, solo quiero que no existan esos tratos especiales, sino simplemente tratos, sin barreras ni condiciones, que lo que soy, no me haga menos, pero tampoco que por alguna razón me haga ser más.
No quiero que romanticen mi esencia, quiero que la normalicen, pero sobre todo, que este prejuicio ni siquiera hubiera existido en principio, porque aunque se empeñen en decir que ahora vivimos diferente, realmente se sigue sintiendo con bastante fuerza.
Eso es lo que soy, esa es mi corteza, mi real naturaleza.