Como siluetas trazan poemas
sobre piel que traga la negritud de la tinta.
Sujeto al cuarto de blasfemias
en donde las tristezas son infinitas.
Mi cuerpo yerto, escultura de piedra blanca
y carne rosada por dentro;
carne de arena rosada cayendo
como si fuera un reloj eterno
condenado a ser artista que deberá siempre retratarte.
El cielo azul no retiene los encantos cerúleos,
y otorga la bienvenida a la obsidiana.
En mis venas fluye el crepúsculo
que es obtuso, y su nombre recuerda a la muerte.
En mis ojos, siembras la ansiedad más humana.