La noche arrojaba sombras a todos los rincones de la ciudad, cuyas calles estaban casi desiertas y repletas de charcos. Un hombre anciano junto a otros dos hombres jóvenes y fornidos zigzagueaban a través de los callejones de una intrincada calle; estaban alertas sin ser presas del nerviosismo. Había mucha oscuridad con alguna suerte de pasos en donde había bombillos dando luz fija y en otros intermitente. El viejo refunfuñó y ordenó a los hombres que aceleraran el paso. Y continuaron con premura sondeando el callejón, buscando llegar a un punto específico, cuando fueron interceptados por una niña de rostro mugroso y harapos que sostenía a un gato pequeño en una de sus manos, el cual estaba sucio. La niña, con una voz suave y apenas perceptible, pidió limosna a los hombres pero estos la ignoraron hasta que en el segundo intento, la niña puso su mano sobre el brazo del viejo quien reaccionó golpeándola con el bastón y tirándola al suelo; la niña cayó de forma tal que logró proteger al gato elque estaba alterado y soltó unos maullidos propios de su estado famélico. El viejo, sin decir nada la miro de pies a cabeza, sacó unas monedas de plata de su bolsillo y las arrojó al suelo, siguiendo su camino. Había menos luz en los callejones mientras más avanzaban, y ruidos extraños y algunos lejanos, y otros inquietantemente cercanos comenzaban a perseguirlos. El viejo estaba cansado y agitado, sus hombres lo rodeaban para hacerlo sentir más seguro; este se detuvo para recuperar el aliento. A continuación, escucharon pasos aproximarse lo cual disparó la alerta de los hombres quienes empuñaron sus pistolas hacia la nada. El anciano tenía buena vista pero sólo miraba a las sombras de los callejones moverse como dentro de un caleidoscopio, de forma vertiginosa; había ruido, soledad y frío. Los tres siguieron caminando y con los dos hombres aún portando sus pistolas en las manos. Había un foco a unos quince metros de allí; estaban lejos de su meta pero no podían detenerse. Sonidos estridentes y metálicos comenzaban a aparecer al unísono como si fuera un ser inmenso aproximándose desde lo desconocido. El viejo escudado por los hombres prosiguieron hasta que los sonidos desaparecieron y la luz del bombillo estaba más cerca y presta como un área sagrada, hasta que de súbito se apagó, hubo un sonido seco y uno de los hombres cayó sobre el viejo y hubo sólo oscuridad.
Le fue retirada una bolsa de la cabeza y hubo luz nuevamente y también dolor; le dolían las piernas y la espalda y ambos costados de su cuerpo. La luz era blanca, no muy fuerte y se encontraba tirado sobre el frío suelo de concreto alrededor de cuatro paredes de color gris. La puerta metálica de adelante se abrió y entraron varias figuras humanas portando máscaras totalmente blancas, salvo por los orificios que corresponden a los ojos y a la nariz; eran planas e inexpresivas, sin embargo, las bocas no estaban cubiertas.
—Vaya, así que son ustedes…—soltó el viejo. —Al menos podrían compadecerse de un anciano y traerle algo de té—. Eran cuatro figuras y traían una jarra con agua.
—Lo lamento—comenzó a decir una de ellas—, pero nuestros suministros de té están agotados; tenemos para ofrecerle agua, y puede que la necesite porque tendrá que usar muchísimo la boca—colocó la jarra sobre una mesa metálica. El anciano se incorporó de pie al ser empujado por otra de las figuras, a continuación, esta lo empujó y lo hizo tomar asiento. El hombre bebió un gran vaso de agua mientras una de las figuras se sentaba frente a él en silencio, mirando cómo bebía el agua; sin embargo, el anciano no bajaba ni apartaba la mirada ni por un segundo de sus captores; no permitiría demostrar que estuviera intimidado.
—¿Saben ustedes en qué predicamento se encuentran?—Preguntó el anciano. —Saben que retenerme sólo les saldrá más caro. Si no llego al sitio acordado a la hora indicada, esas personas no pensarán que huí, sólo sabrán que ustedes pusieron sus manos sobre mí, y entonces los vendrán a buscar y les darán caza como a unos zorros salvajes.
—Hay lugares que ni sus amigos pueden controlar y mucho menos saber de su existencia, señor Vitus—dijo la figura de la máscara. —Le puedo asegurar que no llegarán hasta aquí muy pronto, y cuando lo hagan ya será demasiado tarde para usted.
—Por favor, no pretendan amenazarme—interrumpió el viejo. —Sé lo que quieren, y por lo que puedo sentir en mis bolsillos ya lo han sustraído, y ahora, ¿pretenden tenerme aquí? ¿Pretenden matarme? Son sólo una banda de maleantes… una con demasiada fama, Señores de las espinas.
—No pretendemos matarlo, señor Vitus—contestó la misma figura que seguidamente ordenó que los dejaran solos. —No tiene sentido matar a un hombre que no tiene miedo a la muerte. Usted como ser humano ha renunciado a varias partes de su humanidad; es, por lo tanto en ese mismo sentido metafísico, una bestia… ¡No! Estas le temen a la muerte; desde la cucaracha hasta un toro, el temor a la muerte está presente y lo manifiestan cuando se encuentran acorralados. Usted es menos que un golem ya que usted al menos piensa para sí mismo. Sin embargo, podemos hacerle sentir mucho dolor y miedo...
—¿Qué han hecho con mis hombres?
—De momento ese no es su menester.
—¿Por qué hacen esto?
—Usted piensa que tiene derecho a hacer todas las preguntas que desee. Está demasiado acostumbrado a tener el poder y el control—La figura se levantó y golpeó la frente del viejo contra la mesa de metal; el sonido del cráneo contra la mesa hizo ecos en toda la habitación. La sangre comenzó a brotar de la frente; el hombre enmascarado le dio un pañuelo para que se secara. —Usted pretende invadir el palacio y robar algo. De alguna manera consiguió los planos y todos los puntos flacos del palacio y de su seguridad.
—No, yo no quiero hacer eso— interrumpió Vitus nuevamente, mientras presionaba sobre la herida en su frente. —No tengo necesidad de entrar, eso es algo que pretenden hacer la banda del desierto. Ellos comprarían toda la información esta noche.
—La banda del desierto controla todo el crimen en la ciudad, poco a poco nos han convertido en un estado fallido, pero sabemos que hay miembros de la política y de la realeza que pertenecen a la banda, ¿entonces por qué necesitan de esta información para darse un auto-golpe?—Dijo sin moverse de su sitio, permaneciendo como una estatua ante Vitus, este si bien sentía algo no lo dejaba salir. Décadas en negocios turbios y en la corrupción le permitían ser una estatua de piedra ante cualquier adversidad.
—¡Joyas, quieren joyas! Muy viejas, joyas muy hermosas y unas muy valiosas. Que haya algún concejal o algún duque dentro del crimen y de la corrupción es algo perfectamente normal, la prensa lo ha intentado decir pero se le ha silenciado en varias ocasiones. Dentro de las oficinas de gobierno como dentro del palacio existen estos rumores, pero no hay cómo comprobarlos. Dentro del palacio es un drama familiar. Esto es simplemente un plan para que un hermano le robe al otro sus joyas; o para que una sobrina le quite a su tías las suyas. Es sólo una jugarreta interna.
—No creo que fueran a armar algo tan complejo por unas joyas que si bien son valiosas, robarlas sólo causarían más problemas. Tampoco somos tontos nosotros los señores de las espinas.
—No creo que lo sean, osados sí, tontos jamás—dijo Vitus sin que su rostro asomora nada.
—Usted es un gran amigo del duque y de toda la oficina del gobierno; es historiador y tiene tanto a la gran biblioteca de la ciudad como también la del palacio a su disposición. Sabemos mucho de usted, sabemos que conoce muchas cosas; nosotros conocemos historias. Tenemos su data y es sólo cuestión de tiempo para poderla desencriptar, pero yo personalmente sé que usted es más listo que eso—El hombre enmascarado entró en silencio y después de un momento salió por la puerta dejando a Vitus solo aún sentado en su sitio.
Una niña pequeña comía panceta, frijoles, pan y leche sobre una mesa junto a un gato pequeño que bebía leche de un plato, estaban completamente concentrados en comer. El hombre de la máscara entró a otro cuarto, a uno con un escritorio maltrecho y con las cosas regadas por encina, salvo por un pulcro ordenador. Más adelante, desde el baño salió Robbert, sin su máscara.
—¿Tomará mucho tiempo desencriptar la data de este tal Vitus?—preguntó a este mientras se quitaba la máscara, dejando que la cabellera le cayera por la cara, acomodándola entonces mostrando así su rostro cubierto de pequeñas cicatrices color plata. En cualquier caso, con la máscara o sin ella, seguía siendo un señor de las espinas, era Landert…, el primer señor de las espinas.
—Sí, tomará su tiempo—dijo Robbert con voz cansada. —Es una suerte que aquí estemos seguros. ¿Pero debíamos traer a una niña y su gato?
—No fue mi idea, pero estaba hambrienta. Una vez coma y se le dé nueva ropa, le diremos que no podremos dejarla salir hasta que terminemos unos asuntos aquí.—Ambos hombres tomaron asiento y Landert subió sus piernas al escritorio. —¿Cuánto tiempo te llevaría?
—Dos días—replicó Robbert. —Pero si haces que hable y que coopere con nosotros, entonces será mucho menos… ¿Es difícil de roer?
—Es de esos que tiene una vida dura y que por eso ha hecho mierda la vida de muchísimas personas—comentó Landert con un tono burlón. —Pediré una mano a los demás—dijo y salió de la habitación dejando solo a Robbert. Este de igual modo siguió trabajando con la data. —No perdamos tiempo —comentó para sí.