Eran las diez de la noche. Salvador veía al tiempo como su peor enemigo en ese momento. Bajo su silla había numerosas hojas de papel arrugadas, símbolos del nulo convencimiento que le producía lo escrito en ellas. Tenía que escribir un cuento literario a última hora para una revista que lo reclamaba para el día siguiente. Miraba su reloj con ansiedad y con cada minuto que pasaba, su creatividad tardaba más en despertar. La hoja blanca frente a él evidenciaba el estado de su imaginación. Podía simplemente no escribir nada e irse a dormir, pues igualmente tenía mucho sueño; pero su terquedad y su insistencia en ser escritor no se lo permitían. Necesitaba con urgencia empezar a ser reconocido. A los veinte años eso empieza a pesar sobre uno.
Seguía sin nada en mente sobre lo que escribir hasta el momento en que se fue la luz. Ahora estaba completamente a oscuras, tanto espacial como mentalmente. Se paró de la mesa para buscar una vela para seguir insistiendo en escribir algo, al menos para entregarlo y no haber dejado pasar la convocatoria al público de la revista, sin importar que no lo aceptaran. Al tomar la vela y encenderla, volvió a la mesa y justo en el momento en que entró a la habitación, no podía creer lo que había frente a él.
A la débil luz de la vela y con expresión de asombro, veía a una chica que aparentaba la misma edad que él. Portaba un camisón blanco y estaba inmersa en la lectura del contenido de una de las hojas arrugadas que estaban en el piso. Salvador la identificó al instante como su hermana Carol, que había fallecido el año anterior a causa de un accidente de tránsito. No se podía explicar el hecho de que estuviera frente a él. Al llamarla por su nombre, la chica no reaccionó, pero seguía mirando la hoja de papel arrugada, esta vez con una expresión de disgusto y luego dirigió su vista hacia Salvador. Tiró el papel al piso y mantuvo una mirada desafiante hacia él, como si le estuviera diciendo “tú puedes escribir cosas mucho mejores”. Y Salvador recordó de repente que su hermana era bastante exigente con él y siempre le reiteraba lo bien que podía hacer las cosas dependiendo de cuanto se inspirara en lo que había en su entorno, pues siempre supo que quería ser escritor y que sufría constantemente de lagunas mentales. De un momento a otro, la luz regresó. Salvador miró a su alrededor asegurándose del hecho, y cuando volvió la vista hacia donde estaba su hermana, ésta había desaparecido.
Salvador no podía encontrar una explicación razonable para lo que acababa de suceder. El solo pensar en la respuesta más rápida hacía que se le helara la sangre. Se sentó y se mantuvo perplejo por cinco minutos. Si no era lo que podía ser, posiblemente fue una especie de alucinación o visión debida al estrés o a cualquier otra cosa. No lo sabía. Pero lo que sí sabía era que por fin tenía algo sobre lo que escribir. Tomó su lápiz y empezó con el título del cuento: “La Idea”. Después, prosiguió con el primer párrafo: “Eran las diez de la noche. Salvador veía al tiempo como su peor enemigo en ese momento. Bajo su silla había numerosas hojas de papel arrugadas,…”.
Escrito por Sergio González.
Muchas gracias.