Hay sentimientos en mí que parecen un mar embravecido en medio de la penumbra. No puedo verlos con claridad por la oscuridad, pero puedo escucharlos chocando contra la orilla.
Me aterra saber que están ahí, saber que no se van por más que sienta que avance, tan solo me están esperando.
Cuando me levanto con una sonrisa, cuando creo que todo estará mejor, me golpean por un costado y destruyen todo lo que construí en segundos.
En momentos así solo quiero un abrazo, un "todo estará bien", pero ahora he optado por recluirme en mí misma.
A nadie le interesan realmente mis problemas. Nadie puede "salvarme", no hay palabras que me hagan levantarme. Los consejos son los mismos, las personas son distintas, pero el final es igual. La historia se repite.
Cuando no esté rota, quizá vaya hasta ti con algo que ofrecerte.
Cuando no esté rota, quizá me permita soñar con un mundo ideal.
Cuando no esté rota, puede que sonría al imaginar que vamos de la mano.
O puede que, cuando no esté rota, deje de necesitarte.
Las opciones son amplias. Hay tantas variables, tantos quizás, que antes de saber una respuesta prefiero quedarme muy quieta mirando al vacío. Es probable que todo tenga una explicación más sencilla de lo que parece y la tiene, pero verla vuelve la vida tan insulsa, tan insípida.
A veces es más interesante seguir las emociones y olvidarse de la razón, pero lo que la razón me advierte es una certeza:
"Terminarás herida, de nuevo".
Y aunque lo escucho una y otra vez, ahí voy corriendo, con las manos extendidas, una vez más, hacia el precipicio.