-¿Qué eres? No te reconozco. Apareciste de la nada. Te dejare aquí a ver que planta resultas ser.-
Cada día era cuidada y crecía con habitual rapidez, una hoja más, dos más. A casi un mes tenia buena altura. Pero todavía Mary no encontraba a que familia de arbusto pertenecía. Lo busco ne todos sus libros de jardinería, llego a buscarlo en internet, pero nada. Sus hojas redondeadas, sus flores pequeñas y rosa blanco con un exquisito olor que atraía insectos a granel.
Atraía tantos insectos que pensó en ponerle un protector contra ellos. A los días desaparecieron, también las flores, ya no había más. Le volvió a colocar un poco de alimento en su agua, pero nada a la planta, pero Mary no volvió a encontrar sus flores. Pasó una semana y luego dos, pero la planta se negaba a florear. Su familia noto el cambio y se preocuparon por la jefa de familia.
¿Qué te sucede mamá? Seguro la perra volvió a romper las plantas, seguro se comió tu rosal, como la vez pasada que se puyo toda la boca y tuviste que correr al veterinario con la perra. Y nos regañaste. Y no comiste por una semana hasta que se le sanaron a heridas a la perra.
No es eso, es una planta que apareció de la nada, tuvo unas flores divinamente pequeñas y ahora nada, no me da flores pequeñas.
-¿Flores pequeñas?- Dijeron sus hijos a coro.
-Ven mamá, ven a ver dónde creo que están tus pequeñas flores.
Llegaron al cuarto de la niña más pequeña, ella jugaba con su casa de muñecas.
Y allí en la entrada principal de la pequeña casa de muñecas, primorosamente colocado dos diminutos jarrones repletos de pequeñas flores rosas blancas.